Rastros

 

En Abril de 2007 no eras más que una autopista plagada de ceros y de unos.
Yo intentaba matar el tiempo mucho más de lo que estaba, camuflado detrás de una pantalla. Las cosas y los días pasaban sin sentido  por mi vida chiquitita. Todas las decisiones parecían ser erradas, y el cielo estaba lejos. Y el amanecer más lejos todavía. 
Hasta que, un día, una noche, de repente ví tu foto.

En abril eras más fea que la mierda y te lo dije. Un quilombo de pelos enrulados y resecos por la sal del agua en San Clemente, saludando sonriente desde arriba de un caballo; una típica postal de verano de una típica familia en un típico lugar de vacaciones.
Eso. En Abril de 2007 no eras más que una boluda, sonriente arriba de un caballo.

No sé si fuiste vos o si fui yo; el caso es que dos miradas fueron mucho más que una en un momento, y todo el mundo alrededor pareció desvanecerse cuando nos quemamos con palabras de lascivia y de amor amor amor sin culpa. Así empezamos con el fuego, creo. Y así fueron pasando todas esas noches y todos esos días. A través de los dos al mismo tiempo.
De amor y gritos, de insultos y de rabias, de odios y de culpas; de llamadas a las dos o a las tres de la mañana y cigarrillos que me fumaba de manera compulsiva esperando una señal, sentado en el balcón, mirando una tras otra, irse y volver las madrugadas. Una talenovela estudiada hasta el más mínimo detalle y la mínima puteada.
Eso fuimos vos y yo.

Y yo…yo necesitaba mucho más que un año entero para dejar mis cosas ordenadas, para darle una patada en los huevos a la vida y a las cosas que perdí tratando de seguir siendo amable, responsable, educado inalterable, y tantos otros “ables” que me llevaban al fastidio, a no saber quén era yo, a un estallar súbito y continuo en mi cabeza y mis pulmones. Al dolor en el pecho del que según decían al pasar: “Es sólo angustia…”.
Y era mucho para vos, según parece. Después ya no nos vimos nunca más (la decisión fue tuya, recordás?).

Y cómo olvidar esas veredas y esas calles que caminé ése fin de siglo dentro mío sin saber siquiera dónde estabas? Y la plaza en donde una vez yo te esperaba? Es que acaso fue tan sólo un sueño?
Cómo explicarte hoy que sí, que te entendí, y que al final me pude comprender a mí también, y que pude saber qué mierda es lo que quería de mí mismo, y que “quemar las naves” (quemar las naves se decía?) no era tan difícil para mí después de todo, y que una decisión horrible para algunos podría ser hermosa para el resto de la gente que vos ya conocés y yo también? Como hacerte saber que sí podía hacerlo y que lo hice finalmente?
Es tarde, verdad? Es tarde, me supongo.
Bueno, qué se yo; a lo mejor estás ahí, arriba de un caballo, en San Clemente todavía, o tal vez el verano que vendrá. El caso es que yo ya no estoy más en tu foto imaginaria, y que el sueño de poder pertenecer, el sueño de aparecer en alguna de tus imágenes paganas ya es casi inalcanzable, y que de hoy en adelante, me parece, ya he ganado el sobrenombre de ‘recuerdo de la guerra’ en algún cajón de cierta mesa de luz que tal vez nunca pueda ver.
Por lo demás, yo hubiera querido que supieras que ya está, que ya me siento a mil kilómetros de luz por delante de lo que hoy estoy viviendo, y que otra vez estoy soñando en alguna avenida de códigos binarios, y en dejar a la casualidad que trate de ponernos frente a frente otra vez.
Y nada más, hasta que todo se resuelva.
Hasta siempre, amor; o hasta luego. Tal vez mañana salga el sol.
En San Clemente o por acá nomás.

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