No se jode – 2

El Chino cierra los ojos y pone cara de sufrimiento.
Siente la larga y gruesa hebra de mierda que sale de su tracto intestinal, y el ardor que lo ataca en un momento le recuerda las boludeces que ha estado comiendo en las últimas semanas.
Allá abajo, en el saloncito del bar, se escuchan los gritos, las carcajadas y las puteadas de los guasos que ya llevan mil cervezas y que se han puesto a mirar el partido por la tele.
No le importa el Boca-River, al Chino.
Mientras suelta la mierda, contenida durante nueve putas horas en la cocina del bar para el que sangra, suda, muere y de paso prepara sánguches, el Chino mira la perfecta media Luna que todavía se puede adivinar a través de la banderola del bañito, en el que se ha sentado, cómodamente y con un diario “La Voz” del día de ayer, el resignado reemplazo del papel higiénico que siempre está faltando.
Flor de cago, se está echando el Chino.
A la mierda el Boca-River.
Una lástima que el Chino no pueda ver un Strongest-Oriente Petrolero, acostumbrado como estaba allá en su Tarija natal.
Hasta acá lo han corrido el hambre y las desilusiones, y la mugre que gana no le alcanza ni siquiera para mandarle un cien a su mujer, que se ha quedado con el crío allá en Bolivia, a la espera de un llamado que les diga “vengansén”, y que intuye que jamás le va a poder mandar.
El Chino mira un pedacito de la Luna y suelta otro sorete, a la salud de su patrón.
Ya ha terminado el Chino de cagar, y se levanta a medias, calculando que el orín y el agua que hay en el piso no le mojen el pantalón. De cuclillas nomás corta una página del diario (qué hermoso nombre, “La Voz del Interior”, para un diario con el que te limpiás el culo, Chino!), una página que tiene la cara del Santo Padre Benedicto XVI en pose medio gay y ahí nomás se lleva la mano al orto y arrastra la mierda hasta sentirse (no mucho) medio limpio.
Y abajo, los gritos de patrón.
Ya está acostumbrado, el Chino, a los gritos del patrón.
Baja cagando (casi literalmente), sin tirar la cadena, y va hasta la cocina y ya se pone el delantal rojo, lleno de suciedad, y ya se para frente a la plancha y tira dos, tres, cuatro bifes, que hoy es Sábado y los negros han salido a comer afuera y a olvidar las penas “lejos de las casas”, poniéndose hasta las tuercas con cerveza y dos o tres lomitos bien grasientos que el Chino les prepara en dos segundos, sin chistar.
Se le cagan de la risa al Chino, los negros. No es raro.
El Chino es boliviano.
Y el Chino se la banca.
Al fin y al cabo, está difícil conseguirse una changuita en estos días, y no está la calle para andar haciéndose el guapo “con estos argentinos que creen que tienen a Dios agarrado de las bolas…”
Eso. No está para andar perdiendo otro laburo, haciéndose el matón.
Antes sí, cuando recién había puesto un pie en Córdoba y los guasos le decían boludeces cuando sabían que era boliviano; cuando los guasos lo sacaban le saltaba el orgullo y se cagaba a piñas con cualquiera.
Y claro; antes no había nacido el crío.
Antes no tenía a quién alimentar.
A su mujer, bah; pero ella podía arreglárselas solita, cuando faltaran los laburos y no sobrara el harina de maíz para hacer tortillas, o cualquier otra cosita con qué matar el hambre allá, en Tarija; la misma Tarija que dejó para venir hasta Argentina a hacerse putear.
El Chino se calla. Agacha la cabeza y se la banca.
Uno, dos, tres, cuatro, diez sánguches más, que ya van a ser las doce y hace rato que los negros dejaron de comentar el intrascendente Boca River.
Hace rato que los negros están en pedo y dejaron de putear.
Los mira, el Chino. Los siente y los ve abatidos como él, que al fin y al cabo, a todos los estrujan, los secan, les sacan el jugo, y ya después cuando están viejos y no sirven ni siquiera de repuesto, les explican cómo era eso de tener un “trabajo en negro”, cómo era la historieta de no aportar.
Pero ellos corren con ventaja. Ellos son de acá de Córdoba.
Él es boliviano. Boliviano de Tarija.
Ellos corren con ventaja.
Al patrón le gusta mucho recordarle que acá viene a jugar de visitante.
Al patrón también le gusta pedirle que se quede un par de horas extras, todos los fines de semana y eso al Chino ya lo tiene medio harto, porque el patrón nunca se acuerda de pagarle esas dos o tres horitas por día que trabaja de más.
Así que saca las bolsas de basura hasta la calle, resignado, aprovechando para sentarse en un escalón, con el delantal todavía anudado a la cintura a fumar un pucho y a tomarse una cerveza.
La cena de esta noche. Un pucho y una cerveza.
Ta medio harto, el Chino. Pero no hay que aflojar.
Con las últimas pitadas ya comienza a escuchar las puteadas del patrón que lo llama porque “no sé qué mierda pasa con la caja”, y el Chino escucha que “acá me falta plata” y que “vos me estás cagando” es lo que el Chino alcanza a escuchar.
Ni mierda. Si él nunca pasa por detrás del mostrador, y nunca cobra.
Si él nunca jamás toca la plata.
El Chino ensaya su defensa. Y cuando escucha por boca del hijo de mil putas del patrón que no va a cobrar ni mierda a fin de mes, se le cruzan los cables, al Chino.
Se le viene al mate un desfile en el que pasan su mujer, su crío, su casita allá en Tarija y sus viejos, viejos viejos más que viejos.
Se le cruzan los cables, al Chino.
Y peor con el “podés traer a tu mujer a hacer la calle, si querés, vago de mierda. acá no te quiero ver más, ladrón de mierda, coya rata…” que suelta el puto detrás del mostrador.
“No, hijo de puta…”, se escucha pensar el Chino.
“Vah, a jodé con el coya, pero no con la alforja”, se escucha decir…
“Hijo de puta…”, y el Chino le agarra la muñeca al tipo y se la pone dentro de la caja y cierra el cajón y lo abre y lo cierra otra vez, con violencia, esperando sentir el “crack” de algunos huesos, mientras ve las uñas quebrarse y la sangre saltar.
No siente nada.
Es raro. Se ve la sangre en la mano del patrón, las uñas hechas mierda, pero no ha habido ningún ruido.
Y el patrón ni siquiera se defiende, y sólo alcanza contestarle “hijo de puta”, también, entre lágrimas, mientras él se saca rápido el delantal y vuelve a abrir la caja y cuenta la plata de su mes y se manda a mudar antes que venga la cana.
Aunque seguro que lo van a encontrar.
Seguro que los negros putos lo deschavan.
-Adónde vas, Chino?- pregunta el traba de la esquina cuando lo ve pasar a las apuradas.
-Al bar. A pegarme una buena mamerteada.-
-Chau, Chino, chau.- se escucha en toda la cuadra.
“Chau, Chino, chau”, y el Chino que se pierde en la calle San Jerónimo, antes de que lo encuentre la cana, y se lo lleve y después nada.
Se jode con el coya. No con la alforja.
4 Mayo, 2009 a 17:00
¡Excelente relato!
Me encantó cómo lo escatológico vino a calificar tan acertadamente el ambiente de inmundicia general de la situación.
4 Mayo, 2009 a 20:19
Atrapante.
Me dieron un poco de asco ciertas descripciones, pero muy bueno.
Pensé que lo mataba al tronpa!!!
…” Vah a jodé con el coya, pero no con la alforja!!!…” muy bueno.
Besiñossss…
5 Mayo, 2009 a 04:44
Completamene de acuerdo con walterio, nada como dar contexto y protagonismo (a la inmundicia) desde y hacia “el sitio donde mucha gente va a exonerar el vientre”.
5 Mayo, 2009 a 06:05
Walt: Lo peor es que la inmundicia no suele desaparecer así nomás…hacen falta un par de milenios.
Abrazo!
Muchasmiradas: Asco? Yo cago, tú cagas, él caga, nosotros cagamos, vosotros cagáis, ellos cagan.
No hay nada de malo en eso. Sí en el hecho de que un personaje tenga que llegar al extremo de reventarle la mano a su patrón.
Eso da mas asco, no?
Beso!
Upendi: Nada como describir un buen excusado. Nada como un cago lírico.
Beso!
2 Junio, 2009 a 21:42
genial. Muy bueno. Quién mierda te tiene que tratar así? Hoy me sentí como el chino, y nunca con más ganas de romperle la mano a mi jefe…
Abrazo!
4 Junio, 2009 a 06:41
y…hay días en los que me gustaría ser como el Chino, mirá lo que te digo.
Abrazo!