
era a la siesta, cuando el calor pesado hundía a los grandes en la abulia y el sopor, y no se escuchaban más que las chicharras en el patio que daba al descampado.
saltaban el alambrado de los fondos, y se iban ocho o nueve chicos al terreno de atrás.
ahí, bajo el sol asesino del verano, jugaban a darle palmaditas al dogo del vecino en la cabeza, y a sacar rápido la mano cuando se les venía encima el tarascón del animal. acto seguido, corrían con el perro siguiéndolos por detrás, hasta que la larga cadena que lo ataba a un poste se tensaba por completo y ya le impedía darles alcance.
la risa, el susto, la adrenalina; todo eso en un cóctel explosivo que se disfrutaba mucho más al darse vuelta y mirar al animal babeando rabia, ahorcándose con el collar que sostenía la cadena, intentando comprender quiénes eran y “por qué eran” esas personas que lo molestaban una y otra vez sin llevarse nada, absolutamente nada de los enormes galpones que se levantaban a espaldas de su poste, su tutor, su carcelero.
esta vez era el turno del más chico de ellos.
se acercó despacio, sin ser visto por el dogo que, aparentemente olvidado de la intromisión reciente, dormitaba plácido a la sombra del único árbol que había en pie, en ese desierto de hierros retorcidos, de restos inútiles de automóviles y máquinas en desuso.
no dormía. dormitaba.
los sentidos alerta y la venganza animal revolviéndole las tripas y la escasa inteligencia.
el niño palmeó rápidamente su cabeza y salió disparado, a la carrera hasta los fondos de la casa, con el corazón en la boca y una transpiración fría en las sienes, sin darse vuelta, como si en un momento hubiera tenido la intuición de que no debía hacerlo, no debía hacerlo, que algo había fallado en ese instante.
le bastó sentir la respiración del dogo a la altura de las piernas para entender que se había roto la cadena, que la frágil cadena que los había separado del peligro estaba rota, y el animal a centímetros de su presa. él.
el dogo lo alcanzó. y al alcanzarlo lo mordió.
el dolor fue tan absurdo y tan intenso, que en realidad no lo sintió.
sólo atinó a mirar al animal, ya con las mandíbulas trabadas en él, en su pierna izquierda; un enorme dogo argentino cuyas mandíbulas buscaban desgarrar, romper, triturar la carne y deshacerse para siempre de quien había osado molestarlo.
sangre. el niño vio la sangre y entonces, sólo entonces comprendió que perdía parte de la pierna, a la altura del tobillo.
y se desmayó.
al volver en sí, dos cosas lo extrañaron.
la primera fue que no había tanta sangre como había visto correr antes de perder el sentido. la segunda fue que no estaba ya en el patio, sino en un galpón lleno de luces fluorescentes, quizás el mismo galpón que cuidaba el animal que se había llevado parte de su pierna.
y no se equivocaba.
se miró a sí mismo, recorrió su cuerpo con la mirada un instante, y se vio embutido en un mameluco azul, con la pierna atrapada en los engranajes idiotas de una máquina y vió sus manos llenas de grasa, y vió sus antebrazos, gruesos, poderosos, llenos de vello y se vio a sí mismo, un hombre en una fábrica con una pierna atrapada en una máquina, con una pierna atrapada a la altura del tobillo en una máquina, a la altura de donde él había soñado, hacía instantes, que un dogo lo alcanzaba, con las fauces llenas de odio, con baba, estupidez; en donde hacía instantes la sangre había brotado hasta desmayarlo, qué raro era ver salir tanta sangre de una persona sola, qué raro era verse a uno mismo desangrándose, yéndose, dejando de existir.
escuchó la orden de no moverse, de no hacer fuerza con la pierna; escuchó la orden, proveniente de ningún lugar.
escuchó las sirenas ulular y detener su curso las otras máquinas de la fábrica.
en breve llegarían los médicos a asistirlo, y tratarían de sacarlo de ahí, lo más entero posible, salvar su pierna, salvar su sangre, su vida. y mientras tanto, él pensaría en aquel niño, en las trampas de la mente, en el sueño vívido que había tenido en aquel patio, en el olor tan exacto a mierda de perro, a baba de perro, a músculo de perro. a tendones, piel de perro, salvajismo, odio, idiotez de perro, un perro que lo había mordido tan pero tan fuerte, que en realidad ni siquiera había tenido tiempo de gritarlo, de llorarlo, de sentirlo.
y así, pensando en todo eso, volvió a desmayarse.
escuchó las voces, a medida que se tornaban inaudibles, y escuchó también un zumbido insoportable. así era como moría la cordura?
quién era él? adónde estaba? por qué creía estar en donde estaba y lo que la realidad le devolvía era solamente un espejismo de lo que él quería que fuera lo real?
ahí volvía él. quién? él mismo. el niño que corrió asustado. el operario de la fábrica, embutido en un overol azul. el de las piernas, el del tiempo cojo, el de las realidades vagas, él.
ahí volvía. creyó otra vez que estaba allá en la fábrica, y soñó con los olores que venían de la calle, y pensó en los sitios que cruzaba, camino de la escuela o del trabajo, o camino tal vez a ningún lado, porque ya no sabía en qué tiempo era él, en qué tiempo transcurría su hoy, o tal vez ya no.
y se incorporó en una cama fría de hospital, desesperado.
quiso pedir explicaciones, quiso que alguien le dijera el por qué de lo blanco de su pelo, el por qué del ánimo que estaba echando en falta.
el por qué de ese dolor que era.
descorrió las sábanas, con ánimos de huir a ningún lado, y descubrió con espanto, que el dolor que sentía allá en su pierna era el dolor de lo que ya no era, porque su pierna ya no estaba, porque había sido amputada y un muñon por encima de la rodilla y luego nada más.
entonces comprendió que lo que había soñado, en realidad nunca hubo de existir, o tal vez que el presente que vivía ya se había fundido en el pasado, y que las cosas que vivía no tenían un hoy, porque el hoy no duraba sino que transcurría y ya no había forma de medirlo.
un niño, un hombre aquel anciano. él era todas las edades a la vez, y a la vez ya era el tiempo, porque el tiempo, el inexorable ya estaba golpeando a su puerta, ya lo llamaba a la vida, de nuevo lo buscaba.
sólo atinó a sentenciar un enigmático “hasta cuándo”