
-Y qué más?- me pregunta la loquera, apenas bajo la cabeza y empiezo a mirarme la punta de las zapatillas.
-Cómo que ‘qué más’?-
-Claro…no tenés nada más para contarme? No recordás nada más?-
Acabo de tener otro intenso retorno hacia los días infelices de mi vida, hacia los días de mi infancia. He recordado cuadro por cuadro, como si fuera un película ralentada o un disco de vinilo en 33 r.p.m. los golpes de mis compañeritos en la escuela, las psicopateadas de las maestras, haciéndome mierda, dejándome en el horno, marcándome con los sobrenombres más diversos; el bullying eterno en el colegio, y en la lleca el no poder comunicarme con otros pibes de mi edad.
Las escenas en mi casa, mis padres, siempre mis padres, tan ajenos, tan extraños mis padres; el querer siempre estar en otro lado y no en ese, el querer estar lejos de ahí. Lejos. En otro lugar.
A la mierda con mis padres.
A la mierda con mi casa, con mi barrio y mi ciudad.
Acabo de acordarme de cuando me dejaba atropellar por los autos en la calle, simulando que iba leyendo al cruzar, de las veces que me tiré del techo o la escalera simulando ser súperman o un ninja, (mejor dicho queriendo ser súperman o un ninja), o de aquellas en que me dejaba golpear por alguien, cualquiera, el que fuera, el que quisiera, al que le diera la gana, aguantando el dolor a pura lágrima porque mi educación rígida, ultraconservadora, ultrareligiosa, ultramoral no me dejaba salirme ni un cachito así de la línea enferma y puta por la cual me habían puesto a caminar.
Y esta pelotuda me pregunta si no me acuerdo de algo más?
Ah, sí. Quisiera decirle que sí, que me acuerdo de los “no podés, no llegás, no alcanzás, no vas a poder terminar, te tienen que ayudar” con que me marcaban mis maestros, mis amigos, todos mis compañeros, mi familia misma a veces, pero intuyo que sería alargar la charla al pedo.
Son casi las en punto, y la hora que pautamos ya se está por terminar.
Piola, la loquera. En la primera sesión me dió su número de teléfono, para que la llame sin dudar, en cuanto sienta que tengo algo que decirle, algo que tenga que decirle y que me haga sentir mal.
O sea, todos los días del Señor, y a la hora menos indicada. Y desde cualquier lugar.
A quién se le ocurre venir a preguntarme acerca de las cosas que me pasan?
Ni siquiera me dan ganas de hablar conmigo mismo de esos temas.
A quién se le ocurre?
Lo único que queda es desviar la vista hacia la ventana y aguantar un rato más.
Lo único que queda es esperar a que se pase la hora y rajar.
Encima esta boluda que me mira fijo, esperando que dé alguna respuesta a sus preguntas de psicóloga de mierda; encima los recuerdos que son un doble bombo, heavy metal allá arriba, en mi cabeza.
-”Prefiero hablar estos temas con alguien que de verdad me quiera”- me repito a mí mismo, en silencio.
Y vuelvo la cabeza, a la punta de las zapas.
No se oye el más mínimo ruidito. La puedo escuchar respirar.
Ahí vienen más.
Son muchas esas cosas que se vienen a la frente y que tengo que pensar y procesar. Las veces que oía a mis padres discutir por historias mal paridas de polleras, el día que supe que no era un hijo único, y que mi hermano había venido al mundo el mismo día, pero en otro lugar y que por él, papá no había ido a verme salir de la concha de mamá. La desesperación que sentía al escucharlos gritar, las ganas que tenía de volar, de irme lejos, más allá, más y más allá.
La primera vez que robé los clonazepam de mi madre y lo bien que me sentí ése día. Las palizas precisas y la ausencia eterna ausencia de mi ¿padre?; los reproches, el asilo, los castigos recurrentes, los que tengo marcados a fuego lento aquí en la piel: “al baño y sin luz. y que te coman los fantasmas” o “de rodillas una hora y a rezar”. El pensar que la historia de mi vida era digna de ser contada en la Rolling o en la Time.
Cómo olvidarme, no?
Cómo mierda hacer para olvidar.
Ya no quiero negociar con mi pasado para ver si me deja andar tranquilo un par de meses. Ya no quiero tener esa pobre imagen de mí mismo.
Ya no quiero nada más.
Pero cómo mierda hacer para olvidarme?
Olvidar es ‘no acordarse nunca más’. No patear la pus que tenés en las tripas otro añito. No patear lo que tenés para decir hasta que ya no puedas dar un puto paso más.
Y sin embargo ahí estoy, mirándome otra vez las zapatillas, callado, haciendo tiempo hasta que sean las en punto y me pueda levantar y peguntarle a la loquera “lo de siempre?” y pagarle ahí nomás y mandarme a mudar.
Y si embargo ahí estoy, una vez más.
Haciendo trampas al nene que no fui. Poniéndole la traba cuando pasa corriendo a jugar.
-Lo dejamos acá y me contás la próxima?- me dice finalmente.
Le digo que sí moviendo la cabeza, sin poder mirarla, con una vergüenza de la puta madre. Pero queriendo darle un beso, por el pido gancho que me acaba de regalar.
Le alcanzo el dinero, a la cafiola de la angustia, y me voy hasta la próxima.
Y salgo a la calle a caminar.
LLueve. Mirá vos qué linda cosa.
(Creo que en una esquina casi me atropella un auto, pero no recuerdo bien, no estoy seguro. Y tampoco recuerdo en qué color se había puesto el semáforo cuando yo estaba por cruzar.)