Casualidades


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-“Al destino le encanta jugar con dados cargados”- , pienso y me revuelco otra vez en las sábanas desarregladas de mi cama.
Es de noche, y es tarde para comenzar un nuevo día, una jornada nueva, pero siempre parece que eso no importa en absoluto. Sólo que cuando me despierto por la noche, tipo 9 o 10 pasadas, siento que hay alguna cosa que me falta.
Por la avenida van y vienen como olas los autos y la gente, y sospecho que entre esas caras de angustia contenida estarás vos, fingiendo estar tranquila, jugándote los últimos cospeles de tu vida, intentando reaccionar alguna vez. Sintiendo cómo es que la frustración, el cansancio y el último aliento antes de llegar a un nuevo punto de partida se disuelven en el aire, justo al salir de entre tus labios. Ahí, en el cerco de tus dientes. Justo antes de dejar tu boca en un grito de amargura y de dolor.

-“Al destino le encanta jugar…”- vuelvo a pensar.

Intento levantarme y ya sé que ha sido al pedo. Mi cabeza es una olla a presión. El puto dolor, intenso dolor dolor dolor me sorbe lo poco de fuerza que me queda, y ya levantar el teléfono es un acto de heroísmo para mí.
Y para colmo nadie me contesta.
Parece que no estás.
Trato de juntar valor para dejar la cama, aunque nunca fui bueno para eso. Para lo del valor, digo.
Lo consigo. Recojo lo que encuentro de la poca ropa que me queda (podrías devolverme aunque sea algunas medias) y me visto despacito, sintiendo la pesadez y el ácido de mi estómago llegar a la garganta.
See…la úlcera otra vez. Vomitemos, entonces, en algún lugar que no esté limpio.
Es un hecho que no estoy tan mal como pensaba. Ya alcancé la puerta de la calle y el portero me mira con la misma cara de felicidad de siempre. Apuesto que detrás de esa sonrisa se esconde un führer-cotillón (no sospecha el tipito la extraña denominación con que lo nombro) y sonrío al pasar, agradeciendo la gentileza de dejar de trapear cuando yo paso, caminando inseguro, esquivando baldes y otros instrumentos de limpiar.

-“Awfwiedersehen, mein führer”- lo saludo para mis adentros, y salgo a tragarme las últimas oleadas de humedad de un día (de una noche en este caso) que para mí recién se inicia, que es para mí el inicio de nuevas cosas y causas sin razón.

-Al destino le encanta jugar…- vuelvo a recordar.

Y vos? Ahí andás vos también, nadando entre la mierda, buscando respuestas que encontrás rompiendo papelitos, pedacitos de papeles que terminás por tirar a La Cañada; restos de mis cartas, restos de mensajes o de avisos que pasé por debajo de tu puerta y que no has leído. Restos de un naufragio, hojas muertas del milenio que comienza, rezagos de un amor que se acabó.
Es inútil buscarte. Los destinos no se cruzan en esta mini comedia de terror.

Y si por error llegamos a encontrarnos, si por causalidad llegamos a encontrarnos en la barra de alguno de esos bares, en alguno de esos antros que solía frecuentar y en uno de los cuales una vez te conocí, ya sabés que no hay caso ni habrá caso.
Los dados están cargados.
Jugás vos, juega el destino, sentado entre nosotros.
Y yo no tengo suerte, cuando es al pase inglés.
Hasta acá llegamos, ves? A pedir tiempo al referee y a dejar después este combate a mil trescientos rounds en el olvido. O a recordarlo, si querés.
Andá al baño a maquillarte; empolváte la nariz también, si es que guardaste, pero tené cuidado que los espejos de los bares algunas veces te muestran la verdad…

Tan arruinada estás ? Si.
Y yo ?
Qué dirán la gente y los espejos en los baños de los bares de mi jeta? Qué dirá el barman si me ve la cara verdadera, la de usar por la mañana cuando voy a trabajar?
Dejá, que no me importa. El último criterio que podés tener en cuenta es el de un barman, pseudo dandy, capo-mafia de juguete; imponente, impotente, inquebrantable, merquerito de diez pesos, borracho de cerveza de mala calidad.

-¿Todo bien con tus fracasos?-
-Bien, chango. Muy bien. Che, ¿ya ni siquiera pasan buena música en tu bar?-

Así que así las cosas. Vos tomáte despacito tu cerveza, que yo me mando el cuarto o quinto whisky a la memoria de las mierdas que no fueron. Saludáme con un beso y salí por esa puerta, moviendo el culo como una puta de primera. Hacé que los pibes te canten “Susanita” mientras te repasan las piernas con la vista, intentando adivinar lo que hay un poco màs arriba y por debajo en tu pollera, que quizás yo me levante y te siga una última vez.
A la salud de las memorias que no fueron.
Y también de lo que nunca más será.

-Al destino le encanta jugar con dados cargados…-
-Pero, y con cartas?- terminarás por preguntarme en la vereda
-Ah, no sé, pero a las mías las acabo de marcar.-

Por las dudas.

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