La Marita


Es linda, la Marita.
Tiene un culo y unas tetas que te quedás hipnotizado; y cuando va por la vereda de la Orgaz, cerquita de la cancha de Belgrano tiembla el piso, tiemblan los autos que pasan por la calle y tu estómago también, avisándole a tu cuore que ya está, que ya estás de nuevo enamorado.

Es lindaza.

La Marita tiene el pelo rubio artificial, pero guarda con hacerle bromas sobre eso, que es capaz de putearte hasta a la madre de la madre de tu vieja.
Igual, no se nota demasiado. Y lo primero que mirás cuando viene la Marita no es el pelo justamente. Lo primero que buscás con la mirada son las tetas y sus ojos; un par de ojazos celestes como el cielo en el verano, y que parecen de una actriz venida a menos.
Sí; los ojos de la Marita tienen la tristeza de los siglos.
Son tristes de verdad.

La Marita camina moviendo el cuerpo al ritmo de una música que nunca escucharás y nunca imaginaste, y en cada vaivén de las caderas comienza y termina el mundo para vos, que ya te perdiste en otro sueño de novela.

“Cómo será estar entre las piernas de esa mina?”

A ella no le importa, te tengo que avisar. A la Marita la pasaron por arriba todos esos años sin un tipo que la quiera, pero sabe defenderse del tiempo que la acosa.
Lleva treinta soles escondidos en su documento, pero bate veintiséis; que la edad no es un problema, porque siempre pareció de dieciocho.
Sabe esconder lo que la jode. Y la joden los babosos como vos y como yo.
La joden también esos boludos que la tienen un tiempito y la muelen a sopapos, y es que sabe que provoca unos celos de la mierda cuando los empleados de la Muni le dedican melodías, silbadas desde el mionca en donde van trepados como monos.

Un tiempo atrás se enamoró en serio, la boluda. Y la pasó como la mierda.
Un tarado con menos sesos que una planta, un gil forrado en plata que nunca supo el vagón de amor y sentimientos que la Mary tenía para dar.
La cagó con otras minas. Y la cagó a trompadas también, cuando ella quiso decir “a”.
Ya no importa.

La Mary perdió las esperanzas de un amor nuevito y sin estreno, y también las ganas de formar una familia con chicos, muñecas y pañales y caricias para dar.
Y vamos a decir que encima le pifió con el laburo. Es que nadie perdona a las mujeres que se llevan escondida una petaca a la oficina.
La sacaron cagando, por supuesto. Y la Marita hoy vive en una pieza de pensión.

Es linda, La Mary, sin amor y sin empleo.
La Marita de los treinta soles. La Marita de los sueños inconclusos. La Marita del dolor.

Las viejas pelotudas chusmean que la Mary hace la calle, allá en la Sucre.
Ojalá alguno de estos días, caminando por el centro, pueda verla.
Que yo estoy enamorado, como vos y como todos.
Y al fin y al cabo, a nadie le han quedado muchos sueños que soñar.

4 comentarios to “La Marita”

  1. y la foto pa´cuando?

  2. De la Mary? Naaah, a la Marita te la tenés que imaginar. Tampoco se va a dejar sacar fotos por cualquier gil como yo…
    Abrazo. Si la ves, decíle que me gusta un fardo.
    A propósito, iba a poner “Ella camina sola” de Sektor rojo, para ilustrar este relato. Pero descubrí que sólo lo tengo en cinta. Vos tendrás esa canción en algún formato digital?

  3. María Eugenia " la vecinita" Says:

    Mary como esta unas cuantas por ahí, y no sólo en la Sucre. Rubias, morochas, ojales verdes, azules o miel… pero con ganas de seguir andando

  4. Todas las Maritas la Mary.
    Besos mil, vecina.
    Que sea pues, el andar.

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