La imagen misma


 

-No sé, Sergio, no me rompás con boludeces a esta hora…-, dijo Alejandro un tanto molesto por lo que le habían preguntado.

-Quiero decir; vos sos cana pelotudo. Alguna vez te habrá tocado ver algún cuerpo, o no? Tenés que saber cual es la mejor forma, vos…-

-Y, mirá…balazo no. A veces, en el último momento, por instinto de conservación se desvía la mano, y la bala termina atravesando la cabeza a la altura de la frente. Lo que vendría a ser igual a hacerte una lobotomía sin anestesia.
O sea, cómo te explico, quedás tarado el resto de tu vida, babeándote en una silla, y en el mejor de los casos te morís después de unos cuantos meses de joder a tu familia.
Balazo en la cabeza no, a menos que te metas el caño de la pistola bien adentro de la jeta. Qué se yo, Sergio…mirá las boludeces que preguntás…!-

-Qué grande, Alejandrito…casi casi de enciclopedia, lo tuyo… Che, y colgándote?- volvió a preguntar con curiosidad Sergio.

-Y…ahí tenés que ser más cuidadoso. Eso es para hacerlo bien, o mejor andá buscando un chumbo para meterte a la jeta. Un nudo mal hecho y te vas a la mierda. O sufrís como un perro, porque no te desnucás al tirarte, sino que te vas asfixiando de a poquito.
Una vez me tocó bajar a un viejo que parece que tomó aire antes de colgarse. Lo bajamos y al sacarle la soga el tipo me largó el aire que había contenido. Te juro que pareció un suspiro.
Más vale que tiramos el cuerpo a la mierda y salimos todos cagando. Ahí no hay macho ni uniforme que valga.- rememoró Alejandro – A propósito, sabés qué se dice? Que los que se ahorcan y mueren con los ojos entreabiertos y la lengua afuera es porque se desesperaron o se arrepintieron casi casi en el mismo momento de colgarse.
En cambio, los que mueren con los ojos y la boca casi cerrados, como si estuvieran chochos de palmar…esos parece que lo hubieran disfrutado. Nunca viste uno? Son la imagen misma de la resignación…-

-No, boludo, nunca ví un muerto, qué te pensás…y la imágen de la resignación no sé, pero parece que están bastante más tranquilos sin deberle guita a nadie. – retrucó sonriendo Sergio – A propósito, hace media hora que charlamos de diferentes tipos de suicidio. O estamos para atrás o me parece?

-No sé, Sergito, no sé. Pero con todo lo que me ha tocado bailar a mi, todavía no sé por qué no me encariñé con ningún método…- y dejó la respuesta flotando pesada en el aire.

A Alejandro le molestaban las charlas acerca de la muerte. La muerte era algo con lo que no jodía, y menos aún siendo policía. Le resultaba incómodo hablar de cuerpos, de sangre y de balazos con alguien tan evidentemente desequilibrado como Sergio.

Sergio. Su compañero de depto. El Sergito. Habían sido amigos desde chicos; culo y calzoncillos, pero los caminos comenzaron a bifurcarse cuando él entró en la escuela de oficiales de la Federal y a los pibes del barrio no les cuadró ni medio la historia. Él empezó a abrirse de los antiguos conocidos. Y no es que hubiera elegido ser federal por vocación, sólo que con tantas privaciones y carencias sufridas desde chico, no le quedaba otra cosa.
El Sergito había sido el único de todos los amigos que había bancado que fuera policía.
Y el único que le dió un lugar cuando no había donde ir, cuando comenzó a andar mal con su mujer, cuando terminó su matrimonio.

-Ves que sos boludo, Sergito?- reaccionó sorpresivamente- Vos te pensás que toda la gente que se mata, se mata por guita? Qué sabés vos si alguno no se mató por amor, o por soledad, o por, qué se yo, porque extrañaba a la familia? Sos más boludo, vos… –

-Mirá, -le contestó Sergio queriendo ser gracioso- primero, que matarse por amor pasó de moda.
Hoy por hoy, salís al primer bar que se te cruce y en dos minutos ya podés estar comenzando otra historia. Segundo, que la soledad se cura de la misma forma. Los bares son maravillosos, no te digo? 
Y familia? Vos me hablás de familia? Lo de extrañar a la familia es algo que vos ni siquiera tenés que mencionar. Si mal no recuerdo, vos hasta te viniste en picada cuando encontraste con otro a tu…-

“Mujer” , había querido decir Sergio, pero no alcanzó a hacerlo, porque Alejandro ya se había levantado de su cama y le había cruzado la jeta con una sonora cachetada.

-Ta bien, flaco, tenés razón. Perdoná, me fui de boca…- terminó por disculparse.

Había lastimado en donde más dolía, y cualquier cachetada hubiera sido poca. Sobre todo, teniendo en cuenta que Alejandro nunca había podido superar el hecho de encontrar a su mujer con otro tipo.
Sobre todo, teniendo en cuenta que había sido él quien había tenido que levantar a su amigo cuando se dejó vencer por la depresión.

-Me siento como el orto, Ale. Te juro que no quise…- balbuceó.

-Dejá, Sergito. No es nada. Ya fue. Andá a dar una vuelta por ahí. Tomáte una cerveza, qué se yo. Andá, que yo me pego una ducha y me tiro a dormir un rato.- lo interrumpió Alejandro.

Sergio salió casi de noche. Agarró la campera y bajó a la calle, tratando de pensar qué cosa era mejor para levantarle el ánimo ‘al boludo del Alejandrito’.
A las siete de la tarde, y encima cuando hay nubes, Buenos Aires es un calco de la desesperanza, para qué mentir.
La humedad del invierno se pega en la ropa y aunque no haga tanto frío, es incómodo andar así, con todo lo que llevás pegado al cuerpo, en una ciudad de mierda, con un clima de mierda y para colmo, pensando en un amigo que no se siente bien por culpa de uno.
En esas situaciones, Sergio sabía que tenía la facilidad del universo para meter la pata, y sabía también cuándo era mejor desaparecer un rato largo.
Caminó por Avenida Piedrabuena, intranquilo, sabiendo que no había quedado bien después de aquello, pero al rato comenzó a olvidar, a bloquear, a esgrimir el consabido ‘está todo bien’ en su cabeza.
Una procesión de culos y de tetas caminando la avenida lo hizo olvidarse por completo del asunto, así que bloqueó la discusión y paró en el primer bar a tomar algo.
A las 9 y media de la noche, con un par de whiskicitos de más en la cabeza, a Sergio le sonó el celular.
Era la vecina del ‘D’.
La vecina, la del ‘D’. Vieja chota, chusma de mierda; sabía vida y obra de todo el edificio, además, de (claro) su número de celular.
La vecina, la del ‘D’. Seguro que la vieja le quería pasar el trapo, y por eso lo llamaba cada vez que precisaba hacer algún arreglo, colgar una cortina o correr un mueble viejo, de ésos que tenía amontonados en el living. Quería algo duro y caliente, la vieja de mierda.
La vecina, la del ‘D’. No se fijaba en día ni en horario para romper las bolas a cualquiera.

-Vecina- la atendió Sergio, con sequedad.
-Hijo…tenés que venir urgente…- escuchó del otro lado de la línea.
Notó algo raro en la voz de la vecina. Nunca le temblaba la voz; más bien era una vieja muy enérgica, con polenta. Una tana bien robusta y de mucha presencia. Aunque esta vez tenía algo raro en la voz mientras hablaba, lo podía notar.
Al fin y al cabo, tan en pedo no estaba.

-Qué pasó Marta? Por qué tengo que ir?-
-Es Alejandrito, hijo…es Alejandrito…- comenzó a sollozar la vecina, y Sergio no le dió tiempo a seguir.
Cerró la tapita de su celular y comenzó a correr hasta su casa.

Corría. Por primera vez, tenía la intuición de haberse mandado la cagada de su vida, así que desandó las cuadras que separaban el bar del edificio a los pedos, alarmado, temblando, pensando en la voz de la vecina.
Al llegar, ni siquiera esperó a que bajara el ascensor. Subió las escaleras, trepando de tres en tres los escalones, imaginando mil cosas a la vez, temiendo que todo hubiera sido como él lo había imaginado.
Sólo que con Alejandrito.
En la puerta de su departamento estaba Marta, cubriéndose la cara con las manos, ya en medio de una crisis de nervios, parada al lado de un policía.
-Yo toqué el timbre para ver si estabas vos…y escuché el ruido de alguien que volteaba algo…una silla, capaz…y lo ví…- lo recibió gritando, la vieja, y comenzó otra vez a llorar, atragantándose con la saliva, tapándose la cara con las manos, tratando de no mirar.
-Qué viste vieja de mierda! Decíme qué viste!- gritó Sergio, al borde del llanto también.
-Calmáte flaco, esperemos a la Policía Científica…lo mejor es que no entres. Están llamados, ya vienen para acá.- intervino el policía, pero Sergio lo hizo a un lado sin dudar, de un empujón, y se mandó al departamento dándole una patada a la puerta.

Y era Alejandrito. Su amigo Alejandrito.
Colgaba de una soga, atada al parante de un placard abierto; giraba lento bailando un vals, ya muerto sin remedio, ya sin respirar, giraba reflejado en el espejo del pasillo. Tenía los ojos y la boca entrecerrados.

Tal como había dicho un par de horas antes:

                          La imagen misma de la resignación.

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9 comentarios to “La imagen misma”

  1. Viejo, es bárbaro como lo narraste, me gustó mucho.
    Tengo toda la imagen en la cabeza, te felicito y te juro que me sigo sorprendiendo por la calidad. Un abrazo.

  2. Me gustó. Me veía venir el final, pero me gustó. Lo que no sabía del final es si iba a tener los ojos abiertos o cerrados…
    Se puede llegar a morir (o matarse) por amor? Te la dejo picando…
    Abrazo nene

  3. Creo que es el primer relato tuyo que leo y está muy bien escrito,
    pero en mi primera lectura confundí los nombres y creí que el que sobrevivía era el policía y desde esa perspectiva (incluso con la hipótesis del suicidio por amor) me sugería una silenciosa historia homoerótica no correspondida que le daba un giro nada despreciable.

  4. Vidox: Muchas gracias, che; mi vanidad está muy contenta, je…
    Pero sigo pensando que lo de los relatos no me sale muy bien que digamos, me quedo más con lo que pretende ser ‘versos ‘.
    Lo tuve guardado un mes hasta que lo pude tarminar, mirá cómo será de difícil para mí.
    En fin, abrazo.

    Mauri: Mmmmno, no creo…sì creo en los períodos largos de lidiar con las ausencias y el recuerdo de olores y de ciertas texturas (piel, pelo, etcétera).
    Pero matarse…no sé, yo pienso como el Sergito.

    Walt: Lo tuve guardado por màs de un mes porque no lo podía terminar, no me sale muy bien lo de los relatos, tengo que laburarlos mucho y soy bastante haragán para eso.
    Y lo de un policía gay me tentó, se podría reescribir el relato dando vuelta la historieta…
    Un abrazo.

  5. Nene: Ni se te ocurra escribirlo, está muy bien así. Podría ser el primer capítulo de una novela policial!

  6. primera vez que lo leo y me atrapó, me gustó y mucho! si te lleva tiempo laburarlo seguí haciendolo porque el resultado vale el esfuerzo

  7. Walt: Nooo, era en joda…Me costó horrores la primera vez, imagináte lo que me costaría hacerme el canchero para cambiarle el final…

    Eli: Gracias Eli por el elogio. Aunque lo ya dicho: Soy bastante holgazán.

    Abrazos.

  8. Me gustó mucho cómo está contado el mundo en la cabeza de Sergio,lo que va pasando en su cabeza, también eso de: “A las siete de la tarde, y encima cuando hay nubes, Buenos Aires es un calco de la desesperanza”, me lo estoy robando ia a eso último, eh?

    Y me imagino a los personajes con cara de peli de Caetano!

    Muy bueno, che, este blog se pone cada vez melhor.
    Da gusto, denserio te lo digo :), que sigas escribiendo más de estos!

  9. Alessis: No te imaginás lo vago que soy para los relatos…de lo pior!
    Ultracomb Ultracomb; la partecita de la puteada a ‘Buenos Aires alma de piedra’ es la que más me gusta a mí también, junto con la del final, con el último párrafo.
    Beijus!

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