la clase


…a Walt Villarreal, “electric life player”
que me acaba de hacer reir con eso
de las inseguridades textuales y los cambios
de escenario.

Se incorporó pesadamente en la cama. El reloj había sonado a las ocho menos cuarto y se había quedado dormido quince minutos. Sacudió su cabeza, intentando aclarar un poco las ideas, y recordó que la noche anterior había estado en una fiesta. Lo que no recordaba era dónde. Lo que sí, el control de alcoholemia y cómo se había quedado sin auto en la Alvear, en la bajada.
No importaba. De todos modos, tenía todavía media hora para llegar hasta la facultad, a dictar cátedra a esos pequeños animalitos del señor.
Le repugnaba dar clases en una facultad, sobre todo porque él consideraba a la universidad como un vertedero de ideas sin sentido, un transformador de almas jóvenes en mierda dura y rancia. Al carajo. Llegaba tarde y nada más importaba. Con suerte, llegaría con cinco ó diez minutos de tardanza.

-Buenos días.- saludó con brusquedad al entrar.
-Buenos días, profesor- le contestaron a coro sus alumnos.

Él les dió la espalda, asumiendo que no sabía de qué carajo hablar, dándose cuenta de que no había preparado nada, hasta que la voz del chico más inteligente, apático y cínico de la clase lo sacó de las pelotudeces que pensaba:

-Estuvo buena la fiesta anoche, profe?-

Se había dado cuenta de su cara.
Ahora podía recordar con claridad. La verdad, la fiesta de buena no había tenido nada. Un par de tragos, dos pendejas histéricas que habían chamuyado un rato boludeces, y después emborracharse con cualquier cosa que encontrara. Todo era gratis, de modo que no le importaba. Otra fiesta aburrida, de gente aburrida, de vidas vacías que intentaban llenar con la ilusión de alegría efímera; otro carnaval de sensaciones de vértigo mezclado con la desesperación de no encontrar nada interesante en las jetas de la gente con la que conversaba. Otro carnaval de caras y caras que pasaban. Otra muestra más de la misma nada. Encima, el puto control de alcoholemia, de vuelta al centro, en la bajada.

-Cuidado con los apercibimientos, pendejo- contestó al muchacho, que al toque abrió los ojos como plato, sin podeer creer el “pendejo” que escuchaba. El resto de la clase estalló en carcajadas. Y el chico inteligente, cínico y apático de la clase, intentó una venganza.

-Apercibimientos para todos, entonces. Porque su cara, de sobriedad no tiene nada.-

Ahí estaba. El lobo que se aparta de la manada. El chico superado y con educación de calidad. El mantenido por papá y mamá que creía que se las sabía todas cuando en realidad no estaba preparado para casi nada.
El tema de la clase. Actividad no programada.

-No le conviene discutir conmigo, mi amiguito. Acá yo corro con ventaja. Si usted quiere, se queda un ratito después de clase y vemos quién es el que manda en esta aula.-, contestó sin amabilidad, y les pidió a todos que se levantaran y lo siguieran. Estaba a punto de comenzar una excursión por los pasillos de la facultad que ellos tanto querían. Un paseíto hacia los secretos de los profesores, y por qué no, de algún que otro alumno.
-Bienvenidos a la realidad, mis camaradas-, dijo entrando en uno de los tantos baños de la ciudad universitaria. El que nadie visitaba. Ese en el que pasaban cosas raras.
-Lo que están viendo se llama “glory hole”, dijo señalando un cagadero, más exactamente un hueco en una de las paredes de placa de madera terciada.
-Por este agujerito, algunos de sus compañeros ponen su pitito y otros compañeros, o algunos profesores que se la lastran, o quién sabe, hasta el decano mismo, por qué no, abren la boquita y reciben y dan unas buenas mamadas.-
A esta altura, algunas alumnas retrocedieron y se mandaron a mudar, asqueadas por lo que escuchaban.

-Ven? Esas que se acaban de ir pertenecen al grupo de hipócritas que creen que no sabemos que ellas también la chupan y les encanta. Aunque en cierto modo, eso está bien. Si la hipocresía no existiera, no existirían los espacios de poder. Y lo que se necesita es justamente eso. Espacios de poder. El poder que yo mismo ejerzo, por ejemplo, para hacerlos venir hasta acá y ustedes me sigan como ovejas. El poder que yo ejercí para decirle a su compañerito que yo mando en el aula-
Todo era una mierda. Sus alumnos no valían un carajo, nadie se atrevía a contradecirlo en nada. Y él, él era un profesor borracho, que de lo que tenía que saber no se acordaba una mierda. Comenzaba a caerle bien el muchachito que lo había desafiado en clase. Al menos, ése sí que las tenía bien puestas y no le importaba nada de nada.
-El decano de esta facultad necesita que creamos que él no coje ni fuma, necesita que le digamos que no vemos en él a un bufarreta al que le gustan las pendejas en tanga. Y en cierto modo, de esa imagen pura, limpia, inmaculada, surge su pequeño espacio de poder. “El Señor Decano de la Facultad X”. “Su Majestad”.
La conciencia en blanco Ala.-
Algunos alumnos lo aplaudieron. Ya estaban comenzando a tenerle simpatía. Él los cortó en seco.
-No aplaudan. Si me aplauden significa que son más boludos de lo que creo, y que en realidad no han entendido ni una de mis palabras.- Las manos bajaron poco. Los aplausos fueron frenándose de a poco.
-Entiendan, idiotas. La construcción de espacio de poder genera una sociedad de ciegos. No se ven las manchas en los calzones del decano, ni se advierte cuando se le caen las babas por una pendeja de veintiuno, o cuando les mira las gambas. Y la falta de esos espacios generaría un mundo de sordos, en el que nadie respetaría al otro, en el que nadie escucharía, en el que nadie se interesaría por nadie ni nada.-
Miró al muchachito inteligente una vez más. Definitivamente, tenía cara de boludo bien alimentado con comida orgánica. Pero así y todo le gustaba. Miró al resto de la clase y se sintió avergonzado. Esta generación a la que le tocaba asisitr como espectador, no tenía nada que ver con las pasadas. La de los nacidos en los setentas seguía siendo por lejos la generación de los conflictuaditos. Y eso a él no le gustaba. Estos chicos de ahora…estos chicos habían encontrado finalmente el equilibrio entre violencia, inteligencia y desinterés.
Estos chicos no lloraban por giladas.
Saliendo del baño, sacó el pito y se puso a mear en un ligustro, mientras los varones se reían y las chicas abrían los ojos como plato, asombradas.
El humito de la orina se levantó en la fría mañana de otoño.
-Pueden irse. Me interesaría que formen grupos y debatan lo que hicimos. Avisen al resto.- le dijo a los inútiles que todavía lo miraban.
-Qué esperan? Mándense a mudar que no me dejan mear como dios manda- agregó divertido.
Y siguió regando el ligustro, a las nueve o diez de la mañana.
Allá en la ciudad universitaria.

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2 comentarios to “la clase”

  1. Estupendo texto, lástima que por lo real no creo que pueda llevarse a cabo tal hazaña. Al menos podría ser un texto alternativo a los que generalmente se comentan de la universidad, que está dormida, amodorrada y conformista con el sistema.
    Salut

  2. Micromios: A como está la papa y las cebollas, no lo descartaría en un futuro no muy lejano. Son días de mucha rabia, estos. Mucha ira por ahí.
    De todos modos, el texto en sí es la preparación para el discursito del profesor acerca de las hipocresías y los espacios de poder.
    Podría haber comenzado de cualquier otra forma. Y siempre hubiera desembocado ahí, que eso es lo que quería decir.
    Va abrazo. Gracias por pasar.

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