y también la d’artagnan


tenía toda la pinta de haber leído a dostoievski, y de entretenerse mucho con, sartre, poe, cortázar y con todo lo demás. tenía unos anteojitos espantosos que no alcanzaban a cubrir unos ojazos divinos, celestes como el cielo, y yo que me perdía cada vez que la tenía que mirar.
esa noche había ido, arrastrado por un amigo, a una de esas fiestas en las que se junta todo el mundo; esa clase de gente que miro desconfiado porque no sabés muy bien cuándo te están tomando el pelo y cuándo te hablan con sinceridad.

es verdad; yo no he aprendido nada. nunca me interesó aprender nada en absoluto. nunca leí lo suficiente, y me conformaba con lo poco que había leído. no libros. sí revistas. condorito, por ejemplo. para mí, condorito estaba bien. alguna que otra nippur y alguna que otra d’artagnan cuando era nene. ah, y los libros de la escuela, que agarraba cuando estaba por rendir, para estudiar.
pero saber saber saber, yo no sabía nada. y eso para mí estaba más que bien, no era pecado. y me liberaba de tener que hablar por hablar.
así que en esa reunión me sentía un poco incómodo. algunos fumaban marihuana. otros tomaban cerveza, directamente desde el pico, o alguna que otra cosa, preparada con vaya a saber qué mierda. todo el mundo se sentía bien. todos la estaban pasando bien. excepto yo, que no encontraba a nadie que hablara de los temas que en realidad me interesaban. aunque pensándolo bien, pocos temas de conversación me interesaban. la gente se preocupaba mucho por parecer extremadamente inteligente cuando hablaba, ya fuera que estuvieran en la cola de algún banco, o esperando el colectivo, o en la vereda o en un bar. las personas parecían perder poco a poco la capacidad de asombrarse por pelotudeces: la luna escondida entre las nubes, los gatos cogiendo en las terrazas, las tormentas eléctricas, el desgano de la gente en los feriados, el ritmo lento de los fines de semana. todos estábamos nadando en un océano de cosas importantes, y a nadie parecía interesarle lo demás.
lo común. lo cotidiano. lo normal.
así que los temas de conversación entre esa gente eran la aridez absoluta para mí. dostoievsky. poe. borges. bioy casares. cortázar. darle palos a garcía máquez y algunas otras cosas más.
aunque la música estaba bien. era buena. música de verdad. ponían discos de lou reed, de cave, de waits; cosas que yo ya había escuchado y disfrutaba. pero ellos discutían acerca de las letras. y yo de inglés entendía sólo el gud mornin y otro par de cosas sueltas. la música me gustaba, justamente, porque era música. no por lo que decían en sus letras, esos pajeros millonarios que se las daban de linyeras. me gustaba la música. a los autores, directamente no los podía soportar.

“dios mío”, pensé, “aquí hay por lo menos treinta aspirantes a eruditos y yo no sé siquiera cuántos pares son tres botas…”

así que decidí mandarme a mudar a algún lado a despejarme. no encontraba a nadie interesante y el humo me mataba. y ya iba de salida. pero en ese mismísimo momento, la ví entrar.
es decir; no es que “la ví entrar”. ví sus ojos. celestes como el cielo. ví sus ojos y desapareció todo. ví sus ojos y absolutamente nada más.
creo que se dió cuenta de lo boludo que me sentí en ese momento, porque sonrió y levantándo las cejas en arco me dijo despacito “te vas a caer de culo si seguís retrocediendo. detrás tuyo tenés un escalón”. sentí al toque cómo la sangre me subía hasta la cara y me dí cuenta de que estaba rojo de vergüenza. no encontraba en mi cabeza qué carajo contestar. me salvó ella misma, preguntándome mi nombre y amigo de quién era, qué hacía ahí y qué había de tomar. no me quedó otra que presentarme y de paso, hacerla conocer el lugar.
una vez terminados los saludos, los abrazos, los besos y los “cómo estás”, decidí que se había terminado mi tarea, y decidí que ojos celestes era una más del grupo y que no me convenía meterme en territorio sin explorar. así que encaré para la puerta.
algo me detuvo. era ojos celestes que me preguntaba “cómo…ya te vas?”. y qué decirte, fue tan dulce el “ya te vas?”, sonó tan bien a desilusión que fue la gloria para mí. inventé una excusa pelotuda, creo que dije que me esperaban por ahí, pero ojos celestes me agarró de la manga y me llevó de nuevo al patio, en donde circulaban porros, cervezas y no sé cuántos tragos más. así que me banqué un ratito la re-unión social. me quedé sentado en un rincón mirándola de a ratos, y me gustaba que se diera vuelta y que me hiciera caras. cruzaba los ojos. deformaba la boca. me sacaba la lengua. me gustaba mucho más. yo no fumaba marihuana. había dejado el trago hacía poco. no fumaba casi nada. me sentía un extraterrestre. no lo iba a a aguantar por mucho tiempo. me sentía forrest gump.
en un momento, ojos celestes se levantó y comenzó a decir “chau” a todo el mundo, diciendo que se iba. esto se estaba comenzando a terminar. ojos celestes y toda su hermosura, se estaba comenzando a terminar.

“vos que sos buen anfitrión…me acompañás a la parada?”, me dijo cuando pasaba cerca mío.

otra vez me quedé duro. inmóvil, como estatua. congelado. sin contestar.
así que me tiró otra vez de la manga  y me arrastró hasta la vereda.
dos cuadras, a tomar el N5.

“che, perdoná que sea metida, pero…de verdad te gustan estas fiestas?”, me preguntó agarrándose de mi brazo, esquivando las baldosas, flojas en la vereda descuidada. lo de las baldosas flojas me gustaba. las saltaba apenitas, como hacen los nenes los días de lluvia.

había algo que yo no podía cazar. por momentos me parecía caminar con una adolescente. por momentos parecía que estaba caminando con una mujer de 50 años de edad.
“y…la verdad, me siento un poco pelotudo” fue todo lo que pude contestar.
y llegamos a la parada del bendito N5.
sacó una lapicera y un papelito chiquitio de su bolso y me escribió su número de teléfono.
“es el de casa” me aclaró. “yo no uso celular”.
y yo no alcancé a decirle nada, en trance como estaba. ella me besó en los labios, un beso chiquitito. y ese beso chiquitito me hizo temblar las patas como a un chico.

“sabés qué?” me confesó, hablándome al oído “yo también odio esta clase de reuniones pelotudas. todos sumamente inteligentes, todos asexuados. todos fanáticos del jazz. dostoievski? sartre? poe? cortázar? poe me parece un borracho pelotudo, cortázar me tiene las tetas infladas y a dostoievski nunca lo entendí y no lo puedo soportar. prefiero el condorito, aunque te burles. y cuando era una nena, leía mucho la nippur. y también la d’artagnan”.

y extendió el brazo para que frenara el fercho del bondi, que venía medio dormido, con la mona a todo culo en la radio. y el fercho le recibió el cospel sin ganas, casi sin mirarla y yo pensé  “qué suerte. si la mira a los ojos, capaz se enamoraba”.
y me fui. caminando despacito.
en dirección a algún lugar.

3 comentarios to “y también la d’artagnan”

  1. Me gustó, muy bueno, me parece que recuperaste un poco de inocencia acá.

    Un abrazo Fedex, escribis impecablemente.

  2. Un tierno relato acerca de compartir una “extraña sensación de no pertenecer a este mundo”🙂
    Qué simpáticos esos personajes lectores de D’artagnan !
    Y:
    “esos pajeros millonarios que se las daban de linyeras. me gustaba la música. a los autores, directamente no los podía soportar.” Me causó mucha gracia jajaj
    Punto, mayúscula

  3. Fede: Gracias boloh; encima le hice la continuación-final. Y yo que pensaba que la historia se moría ahí.
    Abrazo grande, Fede.

    Alessis: Muchas gracias, Alessis. De verdad. Lo de los músicos no sólo lo piensa el muchachito del relato. Yo comparto totalmente su postura.🙂
    Agradezca que no se me dió por escribir si signos de puntuación ni nada de eso, con lo que lo de las mayúsculas vendría a ser un detalle menor.
    Hastalademenciasiempre!🙂

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