Archivo para caminatas

segunda vista

Posted in El mismo verso, Música, Otras cosas, Relatos, Shéneral with tags , , , , , , , , , on 27 septiembre, 2010 by nene

aflojá.
dejá que te confundan en sus modas,
dales tu sonrisa mejor,
la de kolynos,
tu felicidad barata de wal mart
y posá para la foto.
escupí esos virus,
la impronta de la muerte,
la muerte de la vida
sobre el pliegue de tu codo;
cada cosa en su lugar,
cada lugar en esas cosas que te faltan,
y a cada rato volver la vista atrás
para ver si hay algo que olvidás,
o si tal vez perdiste todo.
salí
y respirá toda la mierda de la calle,
caminá como mejor te sale,
mirando sin mirar,
a lo ciego y a lo bobo.
olvidáte de tus transas
que no las vas a precisar.
de qué me vas a hablar?
y qué vas a mentir?
te pensás que yo no las conozco?
decíme,
es verdad lo que te pasa?
es tanto lo que pesa?
y qué es lo que sentís en realidad?
son más amargos, más fuleros
estos días de extrañar
que aquellos otros?
y me podés decir
qué mierda es eso que extrañás?
una calle, una avenida,
la plaza, la tarde,
alguien que cruza,
te sonríe
y después desaparece
de tu vida así, sin más?

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Rarezas peatonales

Posted in Otras cosas, Shéneral with tags , , , , , , , , , , on 14 septiembre, 2010 by nene

Como saben algunos de los que me conocen en la vida real, o al menos tienen la amabilidad de leer seguido este blog que administro, no suelo disfrutar mucho del hecho de caminar por la calle. Al ser un tanto friki, me aterra el hecho de andar por el centro de la ciudad (cualquiera sea la ciudad en la que me encuentre) y mucho más me aterra el hecho de ver esa marea de gente, que parece que se te viene encima a romperte el culo a asesinarte, o a quién sabe qué cosa que estén tramando en sus locas cabecitas.
Caminar por peatonales o veredas atestadas de gente siempre ha sido un suplicio para mí, la verdad. Pero como tengo algunas cuestiones que aprender a resolver por mí mismo, sucede que hoy salí solo a la tarde, justamente caminando por el centro de Córdoba.
Era de esperarse: La gente no ha cambiado en lo más mínimo.
Todo el mundo parece estar muy apurado y ansioso, y llegó un punto en que pensé si no irían a cagarme a trompadas para hacerse un lugar para pasar. Afortunadamente, llevaba los auriculares puestos, y los emepetreses que había cargado en el cosito (como le dice un amigo al mp3) me distrajeron de mirar todo ese océano de pies, manos, culos, tetas, cabezas, torsos y miradas feroces que parecía que me iban a pasar por encima.
Lo que más me sorprendió son los comportamientos en común que tienen los peatones. Patrones de comportamiento que ya he advertido en otras ocasiones y que hoy he sufrido podido constatar una vez más.
Y para demostrárselos a ustedes, me he armado de paciencia y he hecho un par de esquemitas muy un tanto precarios (cosa que ustedes sabrán disculpar) y que inmediatamente paso a explicar:

Comportamiento N*1:

“Pareja de señores mayores que exigen respeto de parte de mocosos maleducados como uno”
No tengo nada en particular con los viejos; de hecho, suelo llevarme mejor con ellos que con la gente de mi edad. Pero ciertas personas de edad creen que respeto significa dejarlos hacer lo que les venga en gana. En la vereda, esta clase de personas parece no verte, y cuando te apartás educadamente de su camino para dejarlos pasar (generalmente van en pareja, conversando), se sueltan del brazo (también suelen ir agarrados del brazo), se separan y abarcan toda la acera, en cuyo caso, el boludo maleducado (yo), tiene que bajar al cordón cuneta para no chocarselos.
No veo la hora de llegar a viejo para hacer lo que se me salga de los huevos.
(ver esquemas 1 y 2)

Esquema N*1


En donde
1 es la vereda.
2 es el cordón cuneta.
A es la pareja de personas de edad y su trayecto.
…y finalmente B es el boludo que escribe esto y el trayecto original que llevaba.

Esquema N*2


En donde la pareja de personas de edad ya se ha percatado de la presencia del boludo (yo) y se separan. Abarcan toda la vereda, por lo que el boludo (yo) baja al cordón cuneta y sigue su trayecto tratando de no chocarlos con el hombro.

Comportamiento N*2:

“La boluda que perdió al marido”
Es común encontrarte con este personaje. La típica abombada (o abombado) que perdió a su acompañante, llámese marido, pareja, amigo/a, hijo/a, y no se da cuenta que éste/a ya llegó a su casa y se está tomando una coquita con un bruto sánguche de miga.
Camina mirando hacia atrás, y al mirar hacia atrás, pierde la orientación y la noción de lo que pasa adelante (que es adonde tendría que ir mirando), por lo que su trayecto se convierte en un zig-zag que obliga a quien viene de frente a:
A- Esperar que la boluda (o el boludo) pase y continuar con el trayecto.
B- Optar (como hago yo) por bajarse al cordón cuneta para que pase tranquila la boluda (o el boludo).
(ver esquema 3)

Esquema N*3


En donde
1 y 2 continúan siendo la vereda y el cordón cuneta, rspectivamente,
A es la boluda (o el boludo) que perdió al acompañante
y finalmente B es el boludo que escribe y que nuevamente opta por bajar al cordón cuneta.

Comportamiento N*3

“Las boludas de frente”
Generalmente son dos chicas que caminan sin agarrarse del brazo ni nada por el estilo, y generalmente ya vienen ocupando toda la acera. Su andar es decididamente lento (hacen tiempo para chusmear mientras van camino a casa de alguna de las dos) y es común que lleven los brazos cruzados. Siempre pienso que están enojadas, porque en la mayoría de los casos van con cara de culo y fingen no verte.
A veces pienso que me convendría agitar los brazos como un pollo asustado agita las alas, como para que se percaten de que algo viene en sentido contrario, pero tengo mucho miedo de que me metan en cana, o en el peor de los casos, en el neuropsiquiátrico.
(ver esquema 4)

Esquema N*4


En donde el sujeto B (yo) decide evitar puteadas por chocarlas con el hombro, y para ello vuelve a bajar al cordón cuneta, no sin antes retroceder un par de pasos (sin agitar los brazos como un pollo asustado, desde luego).

Comportamiento N* 4

“La feroz indiada”
Es la más común, aunque no por esto la menos peligrosa. Se trata de adolescentes que salen del colegio o se ratearon a alguna hora y van camino a alguna plaza a echarse a tomar sol, gritar como animales a punto de ser carneados, tomar coca y eructar lo más sonoramente posible y decir obscenidades que no alcanzo a comprender.
La verdad, es increíble lo rápido que aprenden los pendejos de hoy en día a eructar de forma sonora y a encontrar nuevos sustantivos para las palabras “teta”, “culo”, pito y “concha”.
(ver esquema 5)

Esquema N*5


Acá, el sujeto B (o sea yo) opta por huir despavorido y correr por la calle hasta la esquina, evitando así ser aplastado por el malón (A), que ha ocupado toda la vereda (y a veces hasta el cordón cuneta) desde el punto de partida y no cambiará su distribución hasta llegar a destino.
Estos especímenes vienen generalmente de hogares clase media o media alta, en donde prima la libre educación. Esto equivale a decir que los padres suelen mandarlos a la calle con un sólo consejo acerca de cómo conducirse en sociedad: “Vos hacé lo que se te cante. Las multas las pago yo después. Y en unos años me ocupo de pagarte un buen abogado”

Comportamiento N*5

“Extraña curvatura de los cuerpos”
Este es el último de los comportamientos a los que me ha tocado asistir hoy, y al mismo tiempo, el más extraño de todos.
Se trata de una persona que viene detrás de uno, generalmente caminando con cierta prisa, y en mi caso, una mujer (lo pude percibir por el ruido de los tacos). Esta mujer pretende entrar a un edificio. Como yo camino del lado de la pared y ella está lo suficientemente apurada como para NO esperar a que yo continúe mi camino (y eso que yo caminaba con cierta rapidez), su cuerpo realiza una finta imposible, un excelso quiebre de cintura para adelantarse, rodearme por delante y desaparecer en el edificio al que quería acceder, no sin antes cerrar la puerta con cierta violencia.
(ver esquemas 6 y 7)

Esquema N*6


En donde se nota a las claras que el sujeto B (yo) va caminando casi contra la pared inocentemente, sin saber lo que está por ocurrir.

Esquema N*7


Aquí, el sujeto A (la mujer apurada) ya ha realizado ese movimiento imposible, digno de un basquetbolista que ejecuta un perfecto dribbling y avanza hacia el aro con el balón en la mano.
El sujeto B (yo) ha detenido su marcha; ha sido suficiente por una tarde y decide llegar cuanto antes a su casa, hacerse un tilo, tomarse dos whiskies con 5, 6 ó 7 clonazepam, inscribirse en un curso de ikebana, comenzar tai-chi-chuan, mudarse a la concha de la lora, etc. etc. etc.

Por cierto, debo decirles que he conseguido aprender a resolver mis cuestiones fuera de casa, pero por precaución, en lo sucesivo trataré de hacerlo bien temprano por la mañana, cuando haya muy poca gente en la calle.

Y de hacerlo sin quejarme, porque es yeta.

Santa Lucía

Posted in Lo siento, Otras cosas, Relatos, Shéneral with tags , , , , , , , , , , , , , on 3 septiembre, 2010 by nene

Se llamaba Lucía. Me lo había dicho en la fiesta en la que habíamos estado, pero yo había intentado sacarme ese nombre del marote, porque a decir verdad no me esperaba mucho más. Lo había anotado ella misma, en el papelito que yo guardé sin mirar en mi bolsillo de atrás.
Lucía.

“Lucy. Me llamo Lucy. Decíme Lucy, dale…”, me pedía y yo me recagaba de la risa. Para hacerle la contra, le decía “Vení acá, Santa Lucía…”  y la apretaba contra mí. El Santa Lucía era por una canción que había escuchado cuando era un nene, en un disco de mi viejo. Una canción de Roque Narvaja que él siempre cantaba cuando andaba de buen ánimo.
Y ella se vengaba: “Santa Lucía? No te puede gustar Roque Narvaja, hijo de puta. Roque Narvaja les gustaba a mis papás”, me decía, riéndose también.
Y me besaba un rato largo. Y después me miraba.
Ya casi ni necesitábamos hablar.

Era tan inocente…
Bah, los dos éramos inocentes. Yo por ejemplo, creía que ella no sabía administrar la guita. Íbamos caminando por la calle y veía algo que le llamaba la atención en las vidrieras y “perá, perá, me decía, “que ya vuelvo”, y yo sabía que había entrado a comprar eso que le gustaba.
Nunca terminaba de entender si estaba tratando con una compradora compulsiva, una mina que tapaba todo tipo de carencias afectivas con cosas materiales. Yo había leído en una revista algo de la gente con problemas emocionales, que compra y compra para satisfacer las angustias mal cogidas. Y me había convencido de eso. Incluso había sacado mi propia conclusión: La gente estaba tan necesitada de vida, la gente vivía pocas cosas  tan poco ciertas
Y tenía que inventarse sensaciones. Buenas sensaciones nuevas.
Hijos de puta; los veía en los shoppings, los veía en el super y jamás lograba adivinar una emoción real en esas caras. Ni una. Jamás podía ver una cara que expresara algo de verdad.
Es decir; estaban tristes o contentos? Mierda, estaban gastando guita! Se suponía que tenían que estar felices! Se suponía que la guita hacía la felicidad, o al menos la compraba!
Pero era extraño. No pasaba así con ella.
Ella odiaba ir al super o a los shoppings. “Me siento incómoda. La gente está inventando poses todo el tiempo, y todo el tiempo está tratando de llamarte la atención”, decía suspirando .
Y en esa, yo le daba la razón, absoluta y totalmente. En eso estábamos de acuerdo los dos. Pero igual iba. Es decir, me acompañaba. Porque adoraba comprarme hamburguesas de Burger King o de Mc Donald’s y verme devorarlas.
“Vas a terminar muerto, gordo. Sin hígado o con cáncer en el cólon. Hecho mierda. Me vas a dejar sola y no hemos llegado ni siquiera a ser novios de verdad. Y ni hablar de vivir juntos…” Y se reía.
Le gustaba verme disfrutar.
Tardé un poco en darme cuenta de que el dinero, en realidad no le importaba. Jamás había visto a alguien como ella, entrando a una rotisería a comprar un poco de comida, presa de la histeria porque en la esquina había visto a un mendigo durmiendo en un zaguán. Así de desinteresada era, ojos celestes. Así de sensible era, Santa Lucía.
Lloraba desconsolada de emoción escuchando algunas canciones de los Beatles. Lloraba mucho escuchando “Happiness is a warm gun”. Yo de inglés, no entendía un carajo. No sabía qué mierda le pasaba. Los Beatles la sensibilizaban a morir. También se ponía triste si, caminando por la calle o en una plaza, veía a a alguna madre cagando a pedos a su hijo. Y lloraba. Todo la sensibilizaba a rabiar.
“Ves? Por eso yo no quiero tener hijos. A esta hija de puta, el pibe le sirvió los tres primeros años. Ya cuando creció y dejó de ser bebé, lo educa de la peor manera que se le ocurre. Con gritos.”, me decía cuando se le pasaba la tristeza y lograba apenas violentarse. Porque juro que jamás se violentaba.
Era tan inocente…! Y yo, que no lograba descifrarla!
Era triste. Era dulce. Y a veces, también era un poquitín violenta. Casi nada, bah.
Pero yo me estaba comenzando a enamorar de verdad.
Quiero decir; hija de puta, me cagaba de gusto que fuera tan tremenda. Tan de todo el mundo, pero a la vez, apegada tanto a las cosas chiquititas que yo era.
Yo jamás iba a poder ser gran cosa para ella.
Por ejemplo, yo no lograba arreglármelas muy bien para las cosas fuera de mi casa. Me daban fobia las personas. No podía mirar a un extraño a los ojos. No lograba despegar. La gente tenía una armadura que yo no podía ni quería atravesar. Ojos celestes me decía que esos eran los más débiles, los más vulnerables.
Igual, yo prefería estar en casa. Ella me ayudaba un poco. Venía a limpiar y me ordenaba los discos, las revistas. No era muy buena en lo de limpiar pisos, y yo le decía que se dejara de joder.
“Vos harías lo mismo por mí. Si supieras hacerlo, mugriento de mierda” me contestaba entre enojada y divertida.
Y cruzaba los ojos, sacaba la lengua y guardaba mi ropa sucia en una bolsa de consorcio.
Y se la llevaba a la casa de sus padres. “Nosotros SÍ tenemos lavarropas. La vamos a lavar y a perfumar, qué te parece?”, me sugería, tratándome como trataría a un nenito de primaria.

“Sssssi mamáaa…”, le contestaba.

Yo había vivido sin conciencia de mi ropa o de mis hábitos. Nunca me daba cuenta si algo estaba fuera de lugar.
Y Santa Lucía me estaba comenzando a hacer un poco gente.
“Pero Lucy, la mona, aunque se vista de seda…” comenzaba a decir yo…
“…mona quedarás!”, completaba la frase, resignada. “Eso lo decía mi abuela, viejo choto. Me hartaste, me voy. No te soporto. Por hoy no quiero verte más”. Y en efecto, se iba, cerrando de un portazo.

Yo me había escapado de mi casa hacía mucho tiempo, peleado con mis viejos. Yo era libre. Yo era really punk. Yo era más de Lou Reed, de Waits, de los discos de Invisible o de Pescado. Yo jugaba en el equipo de Tarzán. Yo era really motherfucker.
Y ahora, ojos celestes, Santa Lucía, estaba comenzando a hacer de mí un animalito de costumbres.
Y entonces, pensaba en el cuento “El principito”, de Antoine de Saint Exùpery. Pensaba en el capítulo ése, en donde aparece el zorro y habla de cómo la gente logra apegarse a ciertas cosas.
“Pero El Principito es de maricas!”, me gritaba a mí mismo algunas veces, ya estando solo y en silencio.
Y me iba a dormir sin entender ni mierda, qué carajo me pasaba.
Estaba claro como el agua.
Yo era un pelotudo.

Y era cierto. Me estaba comenzando a enamorar de verdad.

…y lo demás también

Posted in Lo siento, Otras cosas, Relatos, Shéneral with tags , , , , , , , , , , , , , , on 31 agosto, 2010 by nene

el chofer frenó a mitad de cuadra y el colectivo suspiró como suspira un animal que está al borde de la muerte.
a esa hora de la noche iban pocos pasajeros. pocas almas andaban a esa hora por la calle; algunos laburantes que volvían a sus casas, pendejos que salían de los bailes, dos o tres boludos como yo, que cada vez que no encontraban nada provechoso en qué gastar el tiempo, se trepaban a un bondi cualquiera y se iban de una punta de línea hasta la otra. “nadie se debe mirar a los ojos ahí arriba”, pensé yo. y sabía bien que era verdad.
las puertas de atrás se quejaron en un ruido metálico y ella bajó de un salto, sonriendo.
era raro; acabábamos de despedirnos, acabábamos de coquetear con la posibilidad de volvernos a encontrar.
en mi bolsillo de atrás tenía un papelito con su nombre y su teléfono. yo no lo había querido mirar. prefería descubrirla poco a poco, si alguna vez lograba animarme a llamar.
apuré el paso hasta donde estaba ella. creo que yo también sonreía. ninguno de los dos podía hablar.
“por qué bajaste?” , pregunté desviando la mirada. no lograba enfrentar sus ojos. tenía miedo de volverme a enamorar.
me sentí raro. traté de poner mi atención en otras cosas, en los autos que pasaban, en los ruidos que se escuchaban desde la avenida a un par de cuadras, pero ella era como un puto imán.
“no sé. sentí la necesidad de estar un rato más con vos. o no. o a lo mejor tenía ganas de irme caminando a cualquier lugar”.
ella era linda. era más linda de lo que me había parecido en un principio. ya no tenía puestos esos anteojitos espantosos, y las luces de la calle hacían que sus ojos parecieran más grandes, más celestes. me sentí bien. y sentí que ella estaba bien conmigo, andando así, a mi lado. me sentí really motherfucker. me agrandé y comencé a cancherearla.
ya estaba comenzando a pelotudear.
“bah, me gustabas más cuando no te ponías la carcasa”, me dijo al rato. y yo volví a ponerme rojo de vergüenza.
“ves? sos más lindo cuando no la careteás”
ell tenía razon en tantas cosas…! yo no servía para mantener una conversacion inteligente. me gustaba más hablar de los colores de las cosas, o tumbarme en el césped de una plaza, a mirar las nubes y encontrarles formas tontas. hamacarme como cuando era nene. no; en realidad, hamacarme como cuando era adolescente. porque en realidad, yo de nene no habia aprendido a hamacarme. aprendí de adolescente. estaba recuperando el tiempo perdido en las hamacas. y lo disfrutaba a rabiar.
también me gustaban los helados de limón en el verano, y en invierno tomar bebidas fuertes si me hacía mucho frío. en realidad, yo prefería no hablar. la gente creía que yo era medio idiota. y yo me asumía como un idiota total. pero en realidad, yo ya sabía algo que ellos jamás entenderían. yo sabía que las caretas se caían. y que después de caretearla no quedaba mucho más.
así que ahí estaba yo, a esa hora de la noche, caminando con la chica más bonita, por un barrio que ninguno de los dos se conocía de memoria. riéndonos de todo. dándonos la mano al cruzar la calle. puteando a los autos que aceleraban para pasar rápido por las esquinas. diciendo todo y nada. intentando conectar.
me contó acerca de sus cosas. padres separados. estudiante de psicología. rebelde en la secundaria. nunca había jugado a las muñecas. le gustaba más jugar con camioncitos o patear una pelota con su papá. ir a la plaza y quedarse un rato largo, colgada de las piernas, al revés en el pasamanos. ahora, de grande, le gustaban otras cosas. las películas de Kubrick. los discos de Spinetta. la marihuana. al alcohol no lo podía pasar. me contó también que no tenía ganas de ser madre. que los chicos le causaban mucho dolor, mucha tristeza. que el planeta no estaba preparado todavía, para tener tanta gente encima. que las personas habían aprendido mejor los jueguitos de la guerra y de los odios. que eso ella no lo podía soportar. en eso yo le daba la derecha. el planeta no era un buen lugar para habitar. pero íbamos a tener que acostumbrarnos. no había otro lugar para escapar.
tenía algo en la mirada que era la desesperación misma. es decir; la mayoría de la gente se obsesiona con cosas pequeñitas. otros se obsesionan con estar preparados para el día de mañana. y yo caminaba al lado de una chica obsesionada con lo que iba a pasar en doscientos o trescientos años más.
era dulce. era inteligente. me costaba creer lo que escuchaba. que a veces, cuando se sentía muy sola, se quedaba en el patio de su casa y recordaba los días de su infancia. que había sido muy feliz, pero que había cosas en todas las personas que a ella definitivamente no le gustaban. que todo el mundo parecía estar actuando. que no aguantaba el mundo. que no lo podía aguantar. que a veces sentía muchas ganas de irse lejos. de no estar.
yo no había sido muy feliz, cuando era nene. y me puse a llorar. en silencio, tratando de que ella no me viera. yo era muy boludo. se había dado cuenta.
“estás llorando?” y se rió como una loca. “lo que te dije era una broma!”
acercó muy suavemente su dedo índice, al lugar por donde iban bajando mis lágrimas lentas y las secó sonriendo y en silencio. y después me besó en la boca.
era súper violenta para besar, aunque su lengua era la cosa más dulce que yo había probado en mi vida.
se apretaba contra mí, como diciendo, como pidiendo que yo la protegiera. de qué? no sé. pero yo apenas sabía cuidar de mí mismo. estaba en un problema.
“ya está? se te pasó la mufa, ya?” me preguntó después del beso más largo de la historia.
y me llevó a mi casa. es decir, me ordenó que fuéramos a mi casa.

podría decir “me la cogí”. podría decir que me cogió. podría decir “cogimos”.
pero no.
hicimos el amor de la forma más dulce que jamás hubiéramos podido hacerlo. los dos teníamos toneladas de cosas dolorosas dentro. los dos éramos un montón de cosas vacías, sin sentido.
y nos estábamos exorcizando el uno al otro.
puedo decir, sin temor a equivocarme, que algo de nosotros se murió, al tiempo que otra parte de los dos se liberaba.
hicimos el amor.
ojos celestes, la chica más bonita que conocí en mi vida, de una forma dulce, pausada y repleta de promesas, me había hecho el amor.
y nos dormimos.
ella se durmió a mi lado. yo me dormí al lado suyo. o en todo caso, eso ya no nos importaba.
habíamos muerto, cada uno en brazos del otro. y habíamos nacido de nuevo, esa noche.
yo era ojos celestes. ojos celestes era yo. una sola alma en el cuerpo de los dos.

y también la d’artagnan

Posted in Lo siento, Otras cosas, Relatos, Shéneral with tags , , , , , , , , , , , , , on 29 agosto, 2010 by nene

tenía toda la pinta de haber leído a dostoievski, y de entretenerse mucho con, sartre, poe, cortázar y con todo lo demás. tenía unos anteojitos espantosos que no alcanzaban a cubrir unos ojazos divinos, celestes como el cielo, y yo que me perdía cada vez que la tenía que mirar.
esa noche había ido, arrastrado por un amigo, a una de esas fiestas en las que se junta todo el mundo; esa clase de gente que miro desconfiado porque no sabés muy bien cuándo te están tomando el pelo y cuándo te hablan con sinceridad.

es verdad; yo no he aprendido nada. nunca me interesó aprender nada en absoluto. nunca leí lo suficiente, y me conformaba con lo poco que había leído. no libros. sí revistas. condorito, por ejemplo. para mí, condorito estaba bien. alguna que otra nippur y alguna que otra d’artagnan cuando era nene. ah, y los libros de la escuela, que agarraba cuando estaba por rendir, para estudiar.
pero saber saber saber, yo no sabía nada. y eso para mí estaba más que bien, no era pecado. y me liberaba de tener que hablar por hablar.
así que en esa reunión me sentía un poco incómodo. algunos fumaban marihuana. otros tomaban cerveza, directamente desde el pico, o alguna que otra cosa, preparada con vaya a saber qué mierda. todo el mundo se sentía bien. todos la estaban pasando bien. excepto yo, que no encontraba a nadie que hablara de los temas que en realidad me interesaban. aunque pensándolo bien, pocos temas de conversación me interesaban. la gente se preocupaba mucho por parecer extremadamente inteligente cuando hablaba, ya fuera que estuvieran en la cola de algún banco, o esperando el colectivo, o en la vereda o en un bar. las personas parecían perder poco a poco la capacidad de asombrarse por pelotudeces: la luna escondida entre las nubes, los gatos cogiendo en las terrazas, las tormentas eléctricas, el desgano de la gente en los feriados, el ritmo lento de los fines de semana. todos estábamos nadando en un océano de cosas importantes, y a nadie parecía interesarle lo demás.
lo común. lo cotidiano. lo normal.
así que los temas de conversación entre esa gente eran la aridez absoluta para mí. dostoievsky. poe. borges. bioy casares. cortázar. darle palos a garcía máquez y algunas otras cosas más.
aunque la música estaba bien. era buena. música de verdad. ponían discos de lou reed, de cave, de waits; cosas que yo ya había escuchado y disfrutaba. pero ellos discutían acerca de las letras. y yo de inglés entendía sólo el gud mornin y otro par de cosas sueltas. la música me gustaba, justamente, porque era música. no por lo que decían en sus letras, esos pajeros millonarios que se las daban de linyeras. me gustaba la música. a los autores, directamente no los podía soportar.

“dios mío”, pensé, “aquí hay por lo menos treinta aspirantes a eruditos y yo no sé siquiera cuántos pares son tres botas…”

así que decidí mandarme a mudar a algún lado a despejarme. no encontraba a nadie interesante y el humo me mataba. y ya iba de salida. pero en ese mismísimo momento, la ví entrar.
es decir; no es que “la ví entrar”. ví sus ojos. celestes como el cielo. ví sus ojos y desapareció todo. ví sus ojos y absolutamente nada más.
creo que se dió cuenta de lo boludo que me sentí en ese momento, porque sonrió y levantándo las cejas en arco me dijo despacito “te vas a caer de culo si seguís retrocediendo. detrás tuyo tenés un escalón”. sentí al toque cómo la sangre me subía hasta la cara y me dí cuenta de que estaba rojo de vergüenza. no encontraba en mi cabeza qué carajo contestar. me salvó ella misma, preguntándome mi nombre y amigo de quién era, qué hacía ahí y qué había de tomar. no me quedó otra que presentarme y de paso, hacerla conocer el lugar.
una vez terminados los saludos, los abrazos, los besos y los “cómo estás”, decidí que se había terminado mi tarea, y decidí que ojos celestes era una más del grupo y que no me convenía meterme en territorio sin explorar. así que encaré para la puerta.
algo me detuvo. era ojos celestes que me preguntaba “cómo…ya te vas?”. y qué decirte, fue tan dulce el “ya te vas?”, sonó tan bien a desilusión que fue la gloria para mí. inventé una excusa pelotuda, creo que dije que me esperaban por ahí, pero ojos celestes me agarró de la manga y me llevó de nuevo al patio, en donde circulaban porros, cervezas y no sé cuántos tragos más. así que me banqué un ratito la re-unión social. me quedé sentado en un rincón mirándola de a ratos, y me gustaba que se diera vuelta y que me hiciera caras. cruzaba los ojos. deformaba la boca. me sacaba la lengua. me gustaba mucho más. yo no fumaba marihuana. había dejado el trago hacía poco. no fumaba casi nada. me sentía un extraterrestre. no lo iba a a aguantar por mucho tiempo. me sentía forrest gump.
en un momento, ojos celestes se levantó y comenzó a decir “chau” a todo el mundo, diciendo que se iba. esto se estaba comenzando a terminar. ojos celestes y toda su hermosura, se estaba comenzando a terminar.

“vos que sos buen anfitrión…me acompañás a la parada?”, me dijo cuando pasaba cerca mío.

otra vez me quedé duro. inmóvil, como estatua. congelado. sin contestar.
así que me tiró otra vez de la manga  y me arrastró hasta la vereda.
dos cuadras, a tomar el N5.

“che, perdoná que sea metida, pero…de verdad te gustan estas fiestas?”, me preguntó agarrándose de mi brazo, esquivando las baldosas, flojas en la vereda descuidada. lo de las baldosas flojas me gustaba. las saltaba apenitas, como hacen los nenes los días de lluvia.

había algo que yo no podía cazar. por momentos me parecía caminar con una adolescente. por momentos parecía que estaba caminando con una mujer de 50 años de edad.
“y…la verdad, me siento un poco pelotudo” fue todo lo que pude contestar.
y llegamos a la parada del bendito N5.
sacó una lapicera y un papelito chiquitio de su bolso y me escribió su número de teléfono.
“es el de casa” me aclaró. “yo no uso celular”.
y yo no alcancé a decirle nada, en trance como estaba. ella me besó en los labios, un beso chiquitito. y ese beso chiquitito me hizo temblar las patas como a un chico.

“sabés qué?” me confesó, hablándome al oído “yo también odio esta clase de reuniones pelotudas. todos sumamente inteligentes, todos asexuados. todos fanáticos del jazz. dostoievski? sartre? poe? cortázar? poe me parece un borracho pelotudo, cortázar me tiene las tetas infladas y a dostoievski nunca lo entendí y no lo puedo soportar. prefiero el condorito, aunque te burles. y cuando era una nena, leía mucho la nippur. y también la d’artagnan”.

y extendió el brazo para que frenara el fercho del bondi, que venía medio dormido, con la mona a todo culo en la radio. y el fercho le recibió el cospel sin ganas, casi sin mirarla y yo pensé  “qué suerte. si la mira a los ojos, capaz se enamoraba”.
y me fui. caminando despacito.
en dirección a algún lugar.

perdido

Posted in El mismo verso, Lo siento, Música, Shéneral with tags , , , , , , , , , , , on 4 julio, 2010 by nene

vale andar
por alberdi o alta córdoba
con la jeta como un bafle,
los dedos doblados en un FA
y los silencios en un ruido;
y en la imaginación,
en lo que susurrás
mientras vas
andando lento, así perdido,
un disco que no acaba,
una canción que te eleva
y te transporta, un disco
que puede ser de dancing mood
o puede ser de valentino.
y escuchar atentamente
y sentir completamente
que sos vos el que está ahí,
y darte cuenta
de que no todo es una mierda
y que no todo está podrido;
ir así, con tu alma
puesta en los sonidos,
tu corazón atento a los latidos
y tus ojos tratando de mirar
lo que oís,
lo que no vas a cantar,
el montón de cosas que no has dicho.

vale andar
por el centro, por cañada
así, perdido.

vale sonreir
por lo que ya no vas a hacer
por las cosas que no has sido,
vale imaginar
que tenés la valentía de decirle
me gustás
a la chica que te gusta,
para después salir corriendo
como un niño.
qué irías a perder,
de todas formas?
acaso predecís
lo que jamás ha sucedido?

vale imaginar
las valentías y el amor.
vale imaginar
lo que , lo que tal vez
y lo que no.
vale andar por el centro
(por cañada),
por alberdi o alta córdoba;
vale incluso llegar
hasta la circunvalación
caminando despacito,
con un parlante en la cabeza
y varios discos.

pueden ser de dancing mood,
pueden ser de willy crook,
o pueden ser de valentino.

ponéle

Posted in El mismo verso, Lo siento, Shéneral with tags , , , , , , , , , , , on 5 mayo, 2010 by nene

ponéle
que es un lunes,
o es un martes,
o el día que vos quieras
y que acabo de salir
y que puse un pie en la calle,
bajo el cordón de la vereda,
en el mismísimo instante
en que un taxista
me rozaba con el auto.
ponéle
que el taxista iba girando la cabeza
al tiempo que puteaba
y que al llegar hasta la esquina
casi se come un colectivo,
de esos bondis grandes
que siempre pasan.
ponéle
que el chofer del colectivo
le devolvió al tachero
la gentileza que me estaba
dedicando en forma de palabras,
pero que a su vez,
en mitad de cuadra
casi atropella a un viejo,
que ya iba levantando su bastón,
puteándolo también a él,
aunque entre dientes,
sin decir una palabra.
ponéle
que este viejo
por levantar el bastón,
golpeó a un adolescente,
que siguió caminando
como si nada,
masticándose la rabia.
ponéle
que al subir a la vereda,
una vecina que limpiaba
barrió el polvo en dirección a él
y se comió una catarata de puteadas.
ponéle
que cabreada como estaba,
la vecina
(con alguien había que desquitarse)
hizo una denuncia por teléfono
porque fernanda y su marido,
los vecinos de al lado,
como siempre,
gritaban.
ponéle
que el hijo de estos dos
tapaba con fuerza sus oídos
y no los escuchaba,
pero que se fue a la escuela
con un odio demencial
hacia sus padres y a la vida,
y en el último recreo
le partió la nariz a un compañero,
que llegó a su casa
con manchas de sangre en la ropa
y mucho dolor en la cara,
en el orgullo y en el alma.
ponéle
que su mamá lo comprendió,
pero que esa noche
su padre le puso, por cobarde,
la mamma de las cagadas
y lo dejó peor aún,
tirado en una cama.
ponéle
que, mientras tanto,
fernanda y su marido se reconciliaban,
y se devolvían el uno al otro
las cosas que se escondían
a modo de venganza,
que su hijo era feliz de nuevo,
que la vecina no escuchaba ya más gritos,
que el adolescente escuchaba música de rock
recostado en un sillón del living de su casa;
que el viejo descubría con asombro
que podía caminar sin el bastón
porque ya no le dolía más la espalda,
que el colectivero llegaba a su casa
en donde lo recibían con la cena preparada,
que el taxista contaba buen dinero,
hacía buena caja
y que yo…
y que yo…
y que yo…

hay días en que pienso
que todo el amor que necesito
está sólo en las paredes
que conforman esta casa.
hay días en que tengo
mucho miedo de la gente
y no quiero salir más.
y días en que quiero
despertarme
y volver a dormirme
(y para siempre),
o de vez en cuando
levantarme sólo a tomar mate,
leer un libro, una revista
o a ponerme a regar
las putas plantas.

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