Archivo para cosas que están sueltas

veintinueve de abril

Posted in El mismo verso, Lo siento with tags , , , , , , on 29 abril, 2014 by nene

AlejandraPizarnik

Hoy cumplirías
otro año,
si estuvieras, Alejandra,
poeta, poetisa;
que el género no importa
si la desintegración.

Hoy cumplirías
otro año
si estuvieras, si la vida
no te hubiera
sido en contra:
todos estos años
contra todos tus fantasmas,
seconal.

Tenías razón,
Alejandra,
poeta, poetisa:
la jaula se ha vuelto
siempre pájaro,
siempre aullido
hasta la muerte.

Y qué hacer
si el miedo
siempre está.

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la habitación

Posted in Relatos, Shéneral with tags , , on 5 abril, 2012 by nene

Absolutamente nadie sabía qué era lo que había detrás de aquella puerta.
Cualquiera que caminara por los pasillos sabía que estaba prohibida, que probablemente estuviera sellada, y la llamaban ‘maldita’.
Aunque nadie había intentado trasponerla, el miedo que producían las historias que se tejían alrededor, reprimían toda valentía, toda curiosidad, cualquier intento.
Durante años había permanecido olvidada aquella puerta, como si el hecho de ignorarla, de algún modo produjera un hechizo que terminaba por tranquilizar a todos aquellos que sabían que, en efecto, la puerta estaba maldita.
El resto del viejo edificio funcionaba con aparente normalidad; cientos de oficinas con cientos de empleados públicos en ellas. Bloques y bloques de abulia y burocracia. La apatía que reinaba en todas aquellas reparticiones sólo se veía alterada cuando alguien recordaba u osaba mencionar acerca de lo que ya no se hablaba. Cualquier comentario era sellado con torvas miradas, o directamente, con adustos gestos de desaprobación.
Pero, ¿cómo se había llegado a esas instancias? ¿Quién había descubierto aquello? ¿Es que en realidad se había descubierto, o acaso el misterio había nacido con la edificación? ¿Qué extraños y oscuros acontecimientos sucedían detrás de aquella puerta, para que nadie se animara a hablar de ella?
Había quien se aventuraba con historias de venganzas: un hombre enemistado con un compañero de trabajo espera hasta el horario, y al salir alcanza al otro para clavarle una navaja a la altura del hígado. Otros hablaban de un suicidio, de apariciones que rondaban el lugar y rechazaban cualquier intento de ingreso a todo aquel que no les resultara conocido.
Fantasía o cosa cierta, los registros oficiales del edificio, poco y nada decían acerca de esa oficina que parecía estar clausurada, cerrada al público, negada a toda visita.
Sin embargo, quienes sin pertenecer a la repartición, transitaban los pasillos con cierta asiduidad, comentaban que si bien no habían tenido necesidad de entrar, oían dentro voces, ruidos de objetos trajinados, en fin, signos de alguna actividad.
Alguien deslizó que ya iba siendo tiempo de poner fin a ese misterio.
Alguien deslizó que ya iba siendo tiempo de que alguien se atreviera a entrar. Que el temor fuera dejado de lado y que alguien se atreviera a abrir “eso”.
“Eso”, era la puerta. “Eso”, era lo que nadie se animaba nisiquiera a tocar.
¿Qué clase de extraña brujería había enterrado en un mal recuerdo aquella habitación? ¿Qué clase de secretos escondía? ¿Qué milenario conjuro había desterrado la luz, los pensamientos agradables de aquel sitio?
Llevaba todos esos años cerrada al público, y sin embargo, nadie había preguntado quiénes trabajaban, qué función cumplían, para qué estaban, estuviese quien estuviese detrás de aquella puerta.
¿Y por qué se había estado todo ese tiempo sin averiguarlo?
Quizás a nadie le interesaba saberlo realmente.
Quizás se temía la verdad.
…………………………………………………………………………………………………………………………
La tensión del elegido se sentía en el aire. Por unánime decisión, había sido designado como responsable final de girar el picaporte de esa puerta. Su miedo y su angustia se respiraban a partes iguales en el ambiente enrarecido de aquella oficina pública.
A la hora señalada, el elegido estaba solo. Los demás fingían trabajar, aunque resultaba demasiado evidente que todo el mundo estaba pendiente de la puerta.
A la hora señalada, el elegido era como un muerto que deambulaba sin sentido ni razón.
A la hora señalada, el elegido se aferró nervioso al picaporte.
Todo se sacudió como en un espasmo. Y luego todo se detuvo.
Se podía oir hasta el silencio.
La puerta se abrió.
Dentro, dos cabezas giraron sorprendidas, mirando a quien había entrado.
-Buenos días-, dijeron al unísono. Sólo dos personas.
En el filo del miedo y el alivio, el elegido respondió cualquier cosa, que iba a otro piso, que se había equivocado…
-Hasta luego-.
Y con un suave golpe, la puerta se cerró.
El misterio se había sido resuelto. Dentro de aquella habitación no había nada, sólo dos viejos empleados, hundidos en pilas y pilas de expedientes.
Los miedos, tan reales ellos, construían otras tantas realidades en el alma de la gente.
Los miedos se habían asentado, formando una costra en la razón.
Todos respiraron aliviados, como si un peso les hubiera sido quitado de encima.
La puerta se cerró, y ya no volvió a ser abierta sin permiso.
Lo que nunca jamás se supo fue que la maldad habitaba en ese cuarto, en los corazones apagados de esos hombres, que fingían trabajar, mientras urdían planes para perjudicar o eliminar a quienes les resultaran peligrosos o molestos.

…and help me to end the day.

Posted in El mismo verso, Filosofìa de goma y zapatos veloces, Lo siento, Otras cosas, Shéneral with tags , , , , on 6 agosto, 2011 by nene

ey ey ey!
desacralizad a vuestros padres, ja!

invítenlos a un vino! déjenlos ver el fulbo con ustedes!
y si se van, no derramen una lágrima!
la suma de los miedos, y todos los deseos
que no van a cumplirse
vienen de ahí,
vienen de ellos.
entonces,
invítenlos a un vino
blanco. chardonnay.
y cuando suban al próximo micro,
o a un avión,
o al ferry que se ve flotando a la deriva,
allá en el puerto
no viertan puta lágrima.
ellos entenderán que los adioses
son mejores,
impecables,
más hermosos,
más brillantes
si no tienen ni una mancha de nostalgia.
cortos. efectivos.
abrazo y: “buen regreso a casa”.
y si queda algo que decir,
es porque no debió ser
nunca dicho.
un vino y un adiós.
y de regalo, un par de discos.
y entender que “te quiero”
a veces es mejor decirlo sin decirlo.
con el alma.
sin palabras.

Acerca de los enojos infantiles

Posted in Otras cosas, Shéneral with tags , , on 13 julio, 2011 by nene

Serafina es el nombre de la preciosa hija de mi gran amigo Alen Guedel, quien por estos días transita el año y medio o escasos dos años de vida (Serafina, no mi amigo).
En una de esas reuniones “de rompe y raja” , y disfrutando de un exquisito y raro vino que tuvo a bien descorchar en honor de mi presencia (tenía un poema de Baudelaire impreso en la etiqueta!), hablábamos de gustos musicales en lo que a lo clásico se refiere. Y como yo soy un perfecto animal no conozco tanto como él de música clásica, no logro disfrutar de la ópera, por más lograda que ésta me parezca.
Siendo violinista, Alen ha educado a su hija dentro de ciertos cánones musicales que no van más allá de la música clásica, el ballet o la ópera misma, y es por eso que la niña ha desarrollado un gusto, un manejo de la atención y una perspicacia que suelen dejarme asombrado.
Como esa noche. Ya un poco cansado de escuchar cantantes líricos que “se la gastaban” (estábamos viendo un DVD de la ópera de ‘Don Giovanni’) dije, entre prepotente y divertido: “Sacá esa porquería…quién escribió esa basura…!?”.
Y me tapó la boca la mismísima Serafina. Sin levantarse de su sillita, desde donde que asistía concentradísima a la filmación, se dió vuelta, mirándome enojadísima y me lanzó un

“Es Giovanni…!”

De más estará comentar acerca de la mirada sobradora de Alen y de lo estúpido que me sentí.
Porque eso ya son dos mangos aparte, no?

12 de Octubre

Posted in Otras cosas, Shéneral with tags , , , , , , on 12 octubre, 2010 by nene

carabelas 

 

LOS OTROS  500 (millones)
José Luis Mezo Bigarrena – Avión – 1993

Hace quinientos años que esto es así…
¡Sólo que ahora les dio por celebrar!
¡Repican las campanas!
¡Alegres las sotanas,
llegó el festín!

Sin Dios, ni patria, ni patrón,
no los ampara ni el perdón…
se van quedando en un rincón,
hecho de latas y hormigón…

Desde el viaje de Colón,
se ha ido formando éste montón
de gente de cien mil colores,
hechas de odios y de amores
que han hervido en una sangre
que anuncia la explosión…!

Son hordas hondas sin festín
que rondan roncas el fortín,
donde el neón y el colorín
le rinden culto a Marilyn…

Se copiarán el figurín
y robarán del botiquín
las vitaminas escondidas,
usando mañas aprendidas
en la Biblia Americana
traducida por Chaplin…!

Sin Dios, ni patria, ni patrón,
no los ampara ni el perdón…
Se van quedando en un rincón
hecho de chapas y hormigón…

Desde el viaje de Colón,
se ha ido formado este montón
de gente de cien mil colores,
hecha de odios y de amores
que han hervido en una sangre,
qué anuncia la explosion!

Hace quinientos años que esto es así,
sólo que ahora les dió por celebrar,
repican las campanas,
alegres las sotanas,
pasó el festín…

 

(canción escrita por el Vasco a propósito de los festejos por los 500 años del descubrimiento de la invasión de América, e incluída en su disco Avión, de publicación póstuma)

Santa Lucía

Posted in Lo siento, Otras cosas, Relatos, Shéneral with tags , , , , , , , , , , , , , on 3 septiembre, 2010 by nene

Se llamaba Lucía. Me lo había dicho en la fiesta en la que habíamos estado, pero yo había intentado sacarme ese nombre del marote, porque a decir verdad no me esperaba mucho más. Lo había anotado ella misma, en el papelito que yo guardé sin mirar en mi bolsillo de atrás.
Lucía.

“Lucy. Me llamo Lucy. Decíme Lucy, dale…”, me pedía y yo me recagaba de la risa. Para hacerle la contra, le decía “Vení acá, Santa Lucía…”  y la apretaba contra mí. El Santa Lucía era por una canción que había escuchado cuando era un nene, en un disco de mi viejo. Una canción de Roque Narvaja que él siempre cantaba cuando andaba de buen ánimo.
Y ella se vengaba: “Santa Lucía? No te puede gustar Roque Narvaja, hijo de puta. Roque Narvaja les gustaba a mis papás”, me decía, riéndose también.
Y me besaba un rato largo. Y después me miraba.
Ya casi ni necesitábamos hablar.

Era tan inocente…
Bah, los dos éramos inocentes. Yo por ejemplo, creía que ella no sabía administrar la guita. Íbamos caminando por la calle y veía algo que le llamaba la atención en las vidrieras y “perá, perá, me decía, “que ya vuelvo”, y yo sabía que había entrado a comprar eso que le gustaba.
Nunca terminaba de entender si estaba tratando con una compradora compulsiva, una mina que tapaba todo tipo de carencias afectivas con cosas materiales. Yo había leído en una revista algo de la gente con problemas emocionales, que compra y compra para satisfacer las angustias mal cogidas. Y me había convencido de eso. Incluso había sacado mi propia conclusión: La gente estaba tan necesitada de vida, la gente vivía pocas cosas  tan poco ciertas
Y tenía que inventarse sensaciones. Buenas sensaciones nuevas.
Hijos de puta; los veía en los shoppings, los veía en el super y jamás lograba adivinar una emoción real en esas caras. Ni una. Jamás podía ver una cara que expresara algo de verdad.
Es decir; estaban tristes o contentos? Mierda, estaban gastando guita! Se suponía que tenían que estar felices! Se suponía que la guita hacía la felicidad, o al menos la compraba!
Pero era extraño. No pasaba así con ella.
Ella odiaba ir al super o a los shoppings. “Me siento incómoda. La gente está inventando poses todo el tiempo, y todo el tiempo está tratando de llamarte la atención”, decía suspirando .
Y en esa, yo le daba la razón, absoluta y totalmente. En eso estábamos de acuerdo los dos. Pero igual iba. Es decir, me acompañaba. Porque adoraba comprarme hamburguesas de Burger King o de Mc Donald’s y verme devorarlas.
“Vas a terminar muerto, gordo. Sin hígado o con cáncer en el cólon. Hecho mierda. Me vas a dejar sola y no hemos llegado ni siquiera a ser novios de verdad. Y ni hablar de vivir juntos…” Y se reía.
Le gustaba verme disfrutar.
Tardé un poco en darme cuenta de que el dinero, en realidad no le importaba. Jamás había visto a alguien como ella, entrando a una rotisería a comprar un poco de comida, presa de la histeria porque en la esquina había visto a un mendigo durmiendo en un zaguán. Así de desinteresada era, ojos celestes. Así de sensible era, Santa Lucía.
Lloraba desconsolada de emoción escuchando algunas canciones de los Beatles. Lloraba mucho escuchando “Happiness is a warm gun”. Yo de inglés, no entendía un carajo. No sabía qué mierda le pasaba. Los Beatles la sensibilizaban a morir. También se ponía triste si, caminando por la calle o en una plaza, veía a a alguna madre cagando a pedos a su hijo. Y lloraba. Todo la sensibilizaba a rabiar.
“Ves? Por eso yo no quiero tener hijos. A esta hija de puta, el pibe le sirvió los tres primeros años. Ya cuando creció y dejó de ser bebé, lo educa de la peor manera que se le ocurre. Con gritos.”, me decía cuando se le pasaba la tristeza y lograba apenas violentarse. Porque juro que jamás se violentaba.
Era tan inocente…! Y yo, que no lograba descifrarla!
Era triste. Era dulce. Y a veces, también era un poquitín violenta. Casi nada, bah.
Pero yo me estaba comenzando a enamorar de verdad.
Quiero decir; hija de puta, me cagaba de gusto que fuera tan tremenda. Tan de todo el mundo, pero a la vez, apegada tanto a las cosas chiquititas que yo era.
Yo jamás iba a poder ser gran cosa para ella.
Por ejemplo, yo no lograba arreglármelas muy bien para las cosas fuera de mi casa. Me daban fobia las personas. No podía mirar a un extraño a los ojos. No lograba despegar. La gente tenía una armadura que yo no podía ni quería atravesar. Ojos celestes me decía que esos eran los más débiles, los más vulnerables.
Igual, yo prefería estar en casa. Ella me ayudaba un poco. Venía a limpiar y me ordenaba los discos, las revistas. No era muy buena en lo de limpiar pisos, y yo le decía que se dejara de joder.
“Vos harías lo mismo por mí. Si supieras hacerlo, mugriento de mierda” me contestaba entre enojada y divertida.
Y cruzaba los ojos, sacaba la lengua y guardaba mi ropa sucia en una bolsa de consorcio.
Y se la llevaba a la casa de sus padres. “Nosotros SÍ tenemos lavarropas. La vamos a lavar y a perfumar, qué te parece?”, me sugería, tratándome como trataría a un nenito de primaria.

“Sssssi mamáaa…”, le contestaba.

Yo había vivido sin conciencia de mi ropa o de mis hábitos. Nunca me daba cuenta si algo estaba fuera de lugar.
Y Santa Lucía me estaba comenzando a hacer un poco gente.
“Pero Lucy, la mona, aunque se vista de seda…” comenzaba a decir yo…
“…mona quedarás!”, completaba la frase, resignada. “Eso lo decía mi abuela, viejo choto. Me hartaste, me voy. No te soporto. Por hoy no quiero verte más”. Y en efecto, se iba, cerrando de un portazo.

Yo me había escapado de mi casa hacía mucho tiempo, peleado con mis viejos. Yo era libre. Yo era really punk. Yo era más de Lou Reed, de Waits, de los discos de Invisible o de Pescado. Yo jugaba en el equipo de Tarzán. Yo era really motherfucker.
Y ahora, ojos celestes, Santa Lucía, estaba comenzando a hacer de mí un animalito de costumbres.
Y entonces, pensaba en el cuento “El principito”, de Antoine de Saint Exùpery. Pensaba en el capítulo ése, en donde aparece el zorro y habla de cómo la gente logra apegarse a ciertas cosas.
“Pero El Principito es de maricas!”, me gritaba a mí mismo algunas veces, ya estando solo y en silencio.
Y me iba a dormir sin entender ni mierda, qué carajo me pasaba.
Estaba claro como el agua.
Yo era un pelotudo.

Y era cierto. Me estaba comenzando a enamorar de verdad.

…y lo demás también

Posted in Lo siento, Otras cosas, Relatos, Shéneral with tags , , , , , , , , , , , , , , on 31 agosto, 2010 by nene

el chofer frenó a mitad de cuadra y el colectivo suspiró como suspira un animal que está al borde de la muerte.
a esa hora de la noche iban pocos pasajeros. pocas almas andaban a esa hora por la calle; algunos laburantes que volvían a sus casas, pendejos que salían de los bailes, dos o tres boludos como yo, que cada vez que no encontraban nada provechoso en qué gastar el tiempo, se trepaban a un bondi cualquiera y se iban de una punta de línea hasta la otra. “nadie se debe mirar a los ojos ahí arriba”, pensé yo. y sabía bien que era verdad.
las puertas de atrás se quejaron en un ruido metálico y ella bajó de un salto, sonriendo.
era raro; acabábamos de despedirnos, acabábamos de coquetear con la posibilidad de volvernos a encontrar.
en mi bolsillo de atrás tenía un papelito con su nombre y su teléfono. yo no lo había querido mirar. prefería descubrirla poco a poco, si alguna vez lograba animarme a llamar.
apuré el paso hasta donde estaba ella. creo que yo también sonreía. ninguno de los dos podía hablar.
“por qué bajaste?” , pregunté desviando la mirada. no lograba enfrentar sus ojos. tenía miedo de volverme a enamorar.
me sentí raro. traté de poner mi atención en otras cosas, en los autos que pasaban, en los ruidos que se escuchaban desde la avenida a un par de cuadras, pero ella era como un puto imán.
“no sé. sentí la necesidad de estar un rato más con vos. o no. o a lo mejor tenía ganas de irme caminando a cualquier lugar”.
ella era linda. era más linda de lo que me había parecido en un principio. ya no tenía puestos esos anteojitos espantosos, y las luces de la calle hacían que sus ojos parecieran más grandes, más celestes. me sentí bien. y sentí que ella estaba bien conmigo, andando así, a mi lado. me sentí really motherfucker. me agrandé y comencé a cancherearla.
ya estaba comenzando a pelotudear.
“bah, me gustabas más cuando no te ponías la carcasa”, me dijo al rato. y yo volví a ponerme rojo de vergüenza.
“ves? sos más lindo cuando no la careteás”
ell tenía razon en tantas cosas…! yo no servía para mantener una conversacion inteligente. me gustaba más hablar de los colores de las cosas, o tumbarme en el césped de una plaza, a mirar las nubes y encontrarles formas tontas. hamacarme como cuando era nene. no; en realidad, hamacarme como cuando era adolescente. porque en realidad, yo de nene no habia aprendido a hamacarme. aprendí de adolescente. estaba recuperando el tiempo perdido en las hamacas. y lo disfrutaba a rabiar.
también me gustaban los helados de limón en el verano, y en invierno tomar bebidas fuertes si me hacía mucho frío. en realidad, yo prefería no hablar. la gente creía que yo era medio idiota. y yo me asumía como un idiota total. pero en realidad, yo ya sabía algo que ellos jamás entenderían. yo sabía que las caretas se caían. y que después de caretearla no quedaba mucho más.
así que ahí estaba yo, a esa hora de la noche, caminando con la chica más bonita, por un barrio que ninguno de los dos se conocía de memoria. riéndonos de todo. dándonos la mano al cruzar la calle. puteando a los autos que aceleraban para pasar rápido por las esquinas. diciendo todo y nada. intentando conectar.
me contó acerca de sus cosas. padres separados. estudiante de psicología. rebelde en la secundaria. nunca había jugado a las muñecas. le gustaba más jugar con camioncitos o patear una pelota con su papá. ir a la plaza y quedarse un rato largo, colgada de las piernas, al revés en el pasamanos. ahora, de grande, le gustaban otras cosas. las películas de Kubrick. los discos de Spinetta. la marihuana. al alcohol no lo podía pasar. me contó también que no tenía ganas de ser madre. que los chicos le causaban mucho dolor, mucha tristeza. que el planeta no estaba preparado todavía, para tener tanta gente encima. que las personas habían aprendido mejor los jueguitos de la guerra y de los odios. que eso ella no lo podía soportar. en eso yo le daba la derecha. el planeta no era un buen lugar para habitar. pero íbamos a tener que acostumbrarnos. no había otro lugar para escapar.
tenía algo en la mirada que era la desesperación misma. es decir; la mayoría de la gente se obsesiona con cosas pequeñitas. otros se obsesionan con estar preparados para el día de mañana. y yo caminaba al lado de una chica obsesionada con lo que iba a pasar en doscientos o trescientos años más.
era dulce. era inteligente. me costaba creer lo que escuchaba. que a veces, cuando se sentía muy sola, se quedaba en el patio de su casa y recordaba los días de su infancia. que había sido muy feliz, pero que había cosas en todas las personas que a ella definitivamente no le gustaban. que todo el mundo parecía estar actuando. que no aguantaba el mundo. que no lo podía aguantar. que a veces sentía muchas ganas de irse lejos. de no estar.
yo no había sido muy feliz, cuando era nene. y me puse a llorar. en silencio, tratando de que ella no me viera. yo era muy boludo. se había dado cuenta.
“estás llorando?” y se rió como una loca. “lo que te dije era una broma!”
acercó muy suavemente su dedo índice, al lugar por donde iban bajando mis lágrimas lentas y las secó sonriendo y en silencio. y después me besó en la boca.
era súper violenta para besar, aunque su lengua era la cosa más dulce que yo había probado en mi vida.
se apretaba contra mí, como diciendo, como pidiendo que yo la protegiera. de qué? no sé. pero yo apenas sabía cuidar de mí mismo. estaba en un problema.
“ya está? se te pasó la mufa, ya?” me preguntó después del beso más largo de la historia.
y me llevó a mi casa. es decir, me ordenó que fuéramos a mi casa.

podría decir “me la cogí”. podría decir que me cogió. podría decir “cogimos”.
pero no.
hicimos el amor de la forma más dulce que jamás hubiéramos podido hacerlo. los dos teníamos toneladas de cosas dolorosas dentro. los dos éramos un montón de cosas vacías, sin sentido.
y nos estábamos exorcizando el uno al otro.
puedo decir, sin temor a equivocarme, que algo de nosotros se murió, al tiempo que otra parte de los dos se liberaba.
hicimos el amor.
ojos celestes, la chica más bonita que conocí en mi vida, de una forma dulce, pausada y repleta de promesas, me había hecho el amor.
y nos dormimos.
ella se durmió a mi lado. yo me dormí al lado suyo. o en todo caso, eso ya no nos importaba.
habíamos muerto, cada uno en brazos del otro. y habíamos nacido de nuevo, esa noche.
yo era ojos celestes. ojos celestes era yo. una sola alma en el cuerpo de los dos.

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