
Ahí viene la tipita, el amor peor de las noches y los días que curto entre gincitos y cigarritos mal armados, trayendo la internet y los cables en la testa; los kleenex en un bolso más negro que la mierda.
Es la súper gata flora run run que ronronea y que te saca la felicidad y la mierda hasta por los poros. No actúa más por puro instinto. Es de campeonato la minita, razonando el sentimiento mientras suelta argollitas con el humo de un jockey suave largo, matando el tiempo media hora o cuatro años hasta que ya se ha hecho mediodía y tiene que volver a laburar.
Ahí viene la tipita y toca el timbre.
Vende guitarras y amplificadores traídos por izquierda de algún lado, enfoca sus antenas a los negocios turbios que hace con su jefe, y si le das de dos a mil jack daniels, hasta es capaz de arrodillarse y emborracharse de amor, mirándote a los ojos, sin dejarte de chupar.
Ya no tiene ni una puta esperanza. Ya no más.
Y mientras tanto, lo mal que nos caen los besos a los dos.
Otra es la estudiante secundaria, fija en la nocturna del IPEM (no sé cuánto, no sé dónde) desde hace años, ratita escuálida que trae dos puntos de liquid paper en el naso y un voleo en el mate que hay que ver las boludeces que me dice.
Llega y habla al pedo un cuarto de hora y al toque pasa al baño. Lo que hace en el baño es un misterio que no voy a develar. Y si la ves al salir ya es otra cosa, un monstruo chupa chup que no te deja en paz y te derriba; cuarenta kilos mal comidos sobre ochenta y la imposibilidad de mover un puto dedo.
Esta pide coca cola, y se va cagando a no sé dónde: llega tarde y no la voy a acompañar.
Y mientras tanto, lo mal que nos caen los besos a los dos.
La de psicología ya es un caso. Porta un super mambo y las ideas no terminan de formarse cuando bate alguna frase. Se atropella a sí misma con las cosas que piensa y que me dice. Parece estar de merca todo el tiempo, aunque no creo. Una nena biang, cogiéndose a un boludo que le ha tirado un par de cuentos de Bukowski de regalo. Trae siempre un malbec muy trade mark. Trae sus juguetes, también, la pendejita.
Así va mi amor?, me dice, atándose un jamón entre las piernas.
Y cuando termina (por suerte!) de jugar con ella misma, también se me arrodilla y se suicida, con el caño entre los dientes.
Por suerte no me muerde.
Y mientras tanto, lo mal que nos caen los besos a los dos.
La estatal es mi tortura. Diez años en la Muni y tiene un piro diferente, interesante. Paranoiquea con quedarse sin laburo todo el tiempo, y al mismo tiempo sueña mucha guita y con ponerse un bar más adelante.
Sillas, dicroicas, cerveza tibia, maníes rancios, papas húmedas.
No te puede ofrecer mucho más, con lo que ofrece.
Llega y hace su cirquito. Y hasta a veces se me queda dormida entre las piernas.
La dejo ahí, después de nada más, y me voy a dormir al suelo como un perro.
Tal vez me gusta y me enamoro.
Tal vez, he dicho.
Ya no sé. Yo ya no pido naipes ganadores.
Y mientras tanto, lo mal que nos caen los besos a los dos.
Lo mal que nos caen los besos a todos.
Mientras tanto, lo mucho mucho mucho que nos viene doliendo el amor.